Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 9 - Lo que hay que saber

Ahora pienso (con respecto a Las olas) que, con muy pocas pinceladas, se dan las características esenciales del carácter de una persona. Debe hacerse con audacia, casi como en una caricatura.
Virginia Wolf



> Personajes de novela


> Conocer a los personajes para poder contarlos



> Personajes principales y secundarios



Personajes de novela


En la CLASE 8 comparamos la tarea de construir un personaje para un cuento con el modo de armar una versión de nosotros mismos para una entrevista laboral. Tanto en esa situación cotidiana como en el arte de escribir un cuento, el recorte se vuelve imprescindible si está en nuestra intención mantener el interés del lector y asegurarnos su complicidad. Pero analicemos ahora la construcción de un personaje para novela: por empezar contamos con mucho más tiempo para desarrollarlo, ya no serán un puñado de páginas donde deberá aparecer nuestro personaje en toda su potencia sino quizá una cincuenta, unas cien, o más, dentro del total de páginas que tiene una novela. Siguiendo con el paralelo con situaciones cotidianas, podríamos comparar esta tarea con la que nos tocaría al relatar nuestra propia vida a una persona con la que compartimos un viaje en tren a una localidad muy lejana, son horas de intimidad y la charla se ha puesto agradable, y nos encontramos deshilvanando de a poco aspectos de nuestra personalidad que ese compañero de viaje desconoce. O podríamos compararla también al relato que hacemos sobre nosotros mismos en el diván de un psicoanalista, o frente a una persona que ha despertado nuestro deseo y comienza a tejer con nosotros un vínculo profundo, o al relato de sobremesa con el que recordamos a uno de nuestros abuelos para que nuestros hijos sepan de quién estamos hablando, en fin. Todas estas formas de relato más extenso donde, si bien elegimos y seleccionamos datos -recortándolos de la inconmensurabilidad de recuerdos, rasgos y anécdotas de una vida- para brindarlos a nuestro interlocutor, se desarrollan dentro de un marco ventajoso que viene a ser el tiempo, el plazo que se nos da para contarnos, y por supuesto, la intimidad que presupone la disposición del otro a conocernos.

Estas condiciones podrían compararse a las que se establecen en un relato de mayor amplitud o novela. El personaje puede ser el mismo (nosotros, en el ejemplo) pero la construcción de ese personaje será muy diversa de la realizada para un cuento. Sin embargo, aquí también dependerá de nuestra pericia el mantener vivo el interés del lector, sin agobiarlo con detalles insignificantes.

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Conocer a los personajes para poder contarlos

Ya sea que decidamos escribir un personaje de cuento o de novela es imprescindible conocerlo en profundidad, armarlo en nuestra imaginación, para que luego los recortes que hagamos en función de la necesidad narrativa no resulten escasos, arbitrarios o poco convincentes. En muchos casos se tergiversa la comprensión de un personaje por una mala elección de los rasgos que lo distinguen. Aconsejamos entonces, una vez que el cuento o el capítulo de la novela están escritos, revisarlos con objetividad. Como si fuéramos lectores vírgenes de la historia, para ir armando con esos rasgos de carácter, el personaje. Quizá nos sea difícil la tarea, sobre todo para alguien que carece de oficio, en este caso es recomendable dar a leer el texto para ver la impresión de un lector y corregir de acuerdo a esta devolución nuestros apuntes. Sin intentar dar explicaciones que compensen la falta o el exceso de información. Pero vamos a un caso concreto: tomemos el ejemplo de la clase 7, la anciana que viaja en la ambulancia y reflexiona sobre sus afectos. Tenemos a un personaje que debe actuar de acuerdo a su edad y circunstancias. El modo de expresarse e incluso el de pensar deben ser los de una anciana. Lo mismo si se trata de un niño, un extranjero, un policía, un presidente, un artista de fama internacional, o un obrero. Esto que parece tan obvio no lo es al momento de escribir narrativa, pues siempre tendremos la amenaza de deslizarnos hacia nuestro propio lenguaje o pensamiento, y hay que estar muy alerta para pescar esas interferencias en el relato y corregirlas. La sintaxis y el tono que usa cada uno de estos tipos de personaje nos pueden decir mucho más que una descripción detallada acerca de ellos. El oírlos hablar y verlos moverse de una manera verosímil redundarán en un retrato más vivo para el lector, ingrediente fundamental de una historia bien contada.

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Personajes principales y secundarios


Con frecuencia aparecen en los relatos de autores que se inician una cantidad de personajes extra que resultan totalmente prescindibles. Ellos debilitan el interés del lector quitándole solidez a la pieza narrativa. Conviene entonces -luego de revisar el rol de cada uno de los personajes que incorporamos a nuestros relatos y ya convencidos de que no podemos quitarlos del medio sin empobrecer o entorpecer la historia- ocuparnos de estos con la misma intención que cuando nos dedicamos a los protagonistas o caracteres principales. Dedicarle un párrafo a un personaje que sólo realiza una acción mínima es, en la mayoría de los textos de autores novatos, un error habitual. Pongamos un ejemplo obvio: un diálogo entre el gerente de una empresa y un futuro empleado donde se discute su despido por un asunto que es el meollo del cuento. En un momento de tensión el diálogo se ve interrumpido por una secretaria que entra en el despacho del gerente para avisar algo y este detalle es tomado por el gerente para dar por terminada la reunión. El texto original rezaba:

Mariela Estévez, la secretaria, una muchacha joven y bonita, dueña de cuerpo exuberante, enfundado en un vestido corto que destacaba sus encantos y unas piernas que eran la envidia de todas las empleadas de la empresa y el objeto de deseo de los empleados, caminó con decisión hasta el escritorio y sacudiendo su larga melena en un gesto provocativo y al mismo tiempo casual, dijo:

-Señor Andrade, recuerde que en cinco minutos tiene una reunión importantísima con el Doctor Tamborini.

Andrade le agradeció con gentileza, suspiró pesadamente, y se puso de pie.

Esto podría haberse contado de una forma escueta y significativa:

La insinuante secretaria irrumpió en el despacho para avisarle a Andrade que tenía una cita impostergable. Andrade, con fingido pesar, se puso de pie.


El personaje secundario, en este caso, seguirá comportándose como un personaje secundario, sin “robar cámara” y quedará librado a la imaginación del lector, que pondrá todos los atributos de la palabra insinuante en la secretaria, sin desviar su atención de discusión llevada a cabo por los personajes principales.
Los secundarios son los extras de nuestras escenas, no tienen por qué distinguirse con nombre y apellido, ni ser descriptos en su forma física, baste para ellos una mención fugaz. Menos es siempre más en literatura. Menos excesos, menos personajes, más condensación e intensidad. Por eso tampoco conviene cargar las tintas sobre cada gesto, ya sea para personajes principales o secundarios. Un llanto contenido resultará más conmovedor que un llanto incontenible. Un ligero estremecimiento será más elocuente que un echarse a temblar convulsivamente. Dejemos que sea el lector quien se imagine si el tipo suspira, se muerde los labios, solloza o sacude la cabeza. Cuando menos directivas le demos para la lectura, cuanto más lugar le hagamos para introducir sus vivencias y recuerdos, más cerca de nuestra historia va a ubicarse, más compenetrado estará con el mundo que nosotros, los autores, hemos creado.


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