Ahora pienso (con respecto a Las olas) que, con muy pocas
pinceladas, se dan las características esenciales del
carácter de una persona. Debe hacerse con audacia,
casi como en una caricatura.
Virginia Wolf
> Personajes
de novela
> Conocer a los personajes para poder contarlos
> Personajes principales y secundarios
Personajes de novela
En la CLASE 8 comparamos la tarea de construir un personaje
para un cuento con el modo de armar una versión de
nosotros mismos para una entrevista laboral. Tanto en esa
situación cotidiana como en el arte de escribir un
cuento, el recorte se vuelve imprescindible si está
en nuestra intención mantener el interés del
lector y asegurarnos su complicidad. Pero analicemos ahora
la construcción de un personaje para novela: por empezar
contamos con mucho más tiempo para desarrollarlo, ya
no serán un puñado de páginas donde deberá
aparecer nuestro personaje en toda su potencia sino quizá
una cincuenta, unas cien, o más, dentro del total de
páginas que tiene una novela. Siguiendo con el paralelo
con situaciones cotidianas, podríamos comparar esta
tarea con la que nos tocaría al relatar nuestra propia
vida a una persona con la que compartimos un viaje en tren
a una localidad muy lejana, son horas de intimidad y la charla
se ha puesto agradable, y nos encontramos deshilvanando de
a poco aspectos de nuestra personalidad que ese compañero
de viaje desconoce. O podríamos compararla también
al relato que hacemos sobre nosotros mismos en el diván
de un psicoanalista, o frente a una persona que ha despertado
nuestro deseo y comienza a tejer con nosotros un vínculo
profundo, o al relato de sobremesa con el que recordamos a
uno de nuestros abuelos para que nuestros hijos sepan de quién
estamos hablando, en fin. Todas estas formas de relato más
extenso donde, si bien elegimos y seleccionamos datos -recortándolos
de la inconmensurabilidad de recuerdos, rasgos y anécdotas
de una vida- para brindarlos a nuestro interlocutor, se desarrollan
dentro de un marco ventajoso que viene a ser el tiempo, el
plazo que se nos da para contarnos, y por supuesto,
la intimidad que presupone la disposición del otro
a conocernos.
Estas condiciones podrían compararse a las que se establecen
en un relato de mayor amplitud o novela. El personaje puede
ser el mismo (nosotros, en el ejemplo) pero la construcción
de ese personaje será muy diversa de la realizada para
un cuento. Sin embargo, aquí también dependerá
de nuestra pericia el mantener vivo el interés del
lector, sin agobiarlo con detalles insignificantes.
> Volver arriba
Conocer a los personajes para poder
contarlos
Ya sea que decidamos escribir un personaje de cuento o de
novela es imprescindible conocerlo en profundidad, armarlo
en nuestra imaginación, para que luego los recortes
que hagamos en función de la necesidad narrativa no
resulten escasos, arbitrarios o poco convincentes. En muchos
casos se tergiversa la comprensión de un personaje
por una mala elección de los rasgos que lo distinguen.
Aconsejamos entonces, una vez que el cuento o el capítulo
de la novela están escritos, revisarlos con objetividad.
Como si fuéramos lectores vírgenes de la historia,
para ir armando con esos rasgos de carácter, el personaje.
Quizá nos sea difícil la tarea, sobre todo para
alguien que carece de oficio, en este caso es recomendable
dar a leer el texto para ver la impresión de un lector
y corregir de acuerdo a esta devolución nuestros apuntes.
Sin intentar dar explicaciones que compensen la falta o el
exceso de información. Pero vamos a un caso concreto:
tomemos el ejemplo de la clase 7, la anciana que viaja en
la ambulancia y reflexiona sobre sus afectos. Tenemos a un
personaje que debe actuar de acuerdo a su edad y circunstancias.
El modo de expresarse e incluso el de pensar deben ser los
de una anciana. Lo mismo si se trata de un niño, un
extranjero, un policía, un presidente, un artista de
fama internacional, o un obrero. Esto que parece tan obvio
no lo es al momento de escribir narrativa, pues siempre tendremos
la amenaza de deslizarnos hacia nuestro propio lenguaje o
pensamiento, y hay que estar muy alerta para pescar esas interferencias
en el relato y corregirlas. La sintaxis y el tono que usa
cada uno de estos tipos de personaje nos pueden decir mucho
más que una descripción detallada acerca de
ellos. El oírlos hablar y verlos moverse de una manera
verosímil redundarán en un retrato más
vivo para el lector, ingrediente fundamental de una historia
bien contada.
> Volver arriba
Personajes principales y secundarios
Con frecuencia aparecen en los relatos de autores que se inician
una cantidad de personajes extra que resultan totalmente prescindibles.
Ellos debilitan el interés del lector quitándole
solidez a la pieza narrativa. Conviene entonces -luego de
revisar el rol de cada uno de los personajes que incorporamos
a nuestros relatos y ya convencidos de que no podemos quitarlos
del medio sin empobrecer o entorpecer la historia- ocuparnos
de estos con la misma intención que cuando nos dedicamos
a los protagonistas o caracteres principales. Dedicarle un
párrafo a un personaje que sólo realiza una
acción mínima es, en la mayoría de los
textos de autores novatos, un error habitual. Pongamos un
ejemplo obvio: un diálogo entre el gerente de una empresa
y un futuro empleado donde se discute su despido por un asunto
que es el meollo del cuento. En un momento de tensión
el diálogo se ve interrumpido por una secretaria que
entra en el despacho del gerente para avisar algo y este detalle
es tomado por el gerente para dar por terminada la reunión.
El texto original rezaba:
Mariela Estévez, la secretaria, una muchacha joven
y bonita, dueña de cuerpo exuberante, enfundado en
un vestido corto que destacaba sus encantos y unas piernas
que eran la envidia de todas las empleadas de la empresa y
el objeto de deseo de los empleados, caminó con decisión
hasta el escritorio y sacudiendo su larga melena en un gesto
provocativo y al mismo tiempo casual, dijo:
-Señor Andrade, recuerde que en cinco minutos tiene
una reunión importantísima con el Doctor Tamborini.
Andrade le agradeció con gentileza, suspiró
pesadamente, y se puso de pie.
Esto podría haberse contado de una forma escueta
y significativa:
La insinuante secretaria irrumpió en el despacho para
avisarle a Andrade que tenía una cita impostergable.
Andrade, con fingido pesar, se puso de pie.
El personaje secundario, en este caso, seguirá comportándose
como un personaje secundario, sin “robar cámara”
y quedará librado a la imaginación del lector,
que pondrá todos los atributos de la palabra insinuante
en la secretaria, sin desviar su atención de discusión
llevada a cabo por los personajes principales.
Los secundarios son los extras de nuestras escenas, no tienen
por qué distinguirse con nombre y apellido, ni ser
descriptos en su forma física, baste para ellos una
mención fugaz. Menos es siempre más en literatura.
Menos excesos, menos personajes, más condensación
e intensidad. Por eso tampoco conviene cargar las tintas sobre
cada gesto, ya sea para personajes principales o secundarios.
Un llanto contenido resultará más conmovedor
que un llanto incontenible. Un ligero estremecimiento será
más elocuente que un echarse a temblar convulsivamente.
Dejemos que sea el lector quien se imagine si el tipo suspira,
se muerde los labios, solloza o sacude la cabeza. Cuando menos
directivas le demos para la lectura, cuanto más lugar
le hagamos para introducir sus vivencias y recuerdos, más
cerca de nuestra historia va a ubicarse, más compenetrado
estará con el mundo que nosotros, los autores, hemos
creado.
> Volver arriba
|