> Pensar en algunos
personajes de nuestra familia como si fueran protagonistas
de un cuento. Tratar de ver qué rasgos resultarían
imprescindibles en su descripción y cuáles podrían
obviarse, o exagerarse. Escribirlo.
Sería conveniente hablar de ellos sin mencionar fácilmente
nombres o profesiones que los identifiquen sino ir a lo profundo,
para que luego, al leer esta descripción a otra persona
pueda indentificarlo por lo que contamos de su interioridad
y no de aferrándose a detalles obvios. Podemos leérselo
a gente que conozca el modelo inspirador y ver qué
sucede.
> Anotar en una ficha las respuestas
a estas preguntas sobre un personaje que vamos a inventar:
quién es, dónde vive, cuál es su aspecto
físico, a qué se dedica, cuántos años
tiene, qué está haciendo (y todas las preguntas
que se nos ocurran). Luego intentar contar todo eso de una
manera narrativa, es decir, sin descripción: que los
datos surjan de su forma de comportarse, de su forma de hablar,
de su actuar.
Leer después este relato a alguien
y pedirle que describa al personaje y conteste las preguntas.
Si conseguimos lo que queríamos, las respuestas del
lector deberían coincidir con las nuestras.
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