IContarlo todo resultaría imposible, ya que en ese caso
sería menester, por lo menos, un volumen por día
a fin de enumerar la multitud de incidentes insignificantes
que llenan nuestra existencia. Se impone, por tanto, una selección,
lo cual significa ya una primera vulneración de la
teoría de toda la verdad.
Guy de Maupassant
(del prólogo a Pedro y Juan)
El pasado del pasado
En la CLASE
6 analizamos la importancia que tiene el uso correcto
de los tiempos verbales cuando se trata de construir un relato
con fluidez narrativa. Esto se pone de manifiesto en mayor
medida al enfrentar una necesidad narrativa natural: contar
el pasado de una historia narrada en pasado. Lo que en el
relato oral y cotidiano hacemos sin dudar, se convierte en
un problema pegajoso al tratar de expresar las mismas instancias
temporales en una historia escrita
Tomemos un ejemplo: supongamos que la idea de una historia
ya asomó a mi conciencia, supongamos que la elaboré
durante un par de días o semanas, o meses y que decidí
que esa historia debía contarse dentro del marco del
género cuento. Luego me senté frente a la pantalla,
o al bloc de hojas rayadas y comencé a esbozar la historia:
Una anciana se quiebra la cadera cuando sale del banco y es
trasladada al hospital. En ese traslado la anciana decide
su sorpresivo testamento.
En principio y para que la historia comience a tener verosimilitud,
debemos lidiar con una realidad: si la anciana es argentina
difícilmente pueda tener la libertad de testar a favor
de alguien, por lo que el testamento debería aludir
a objetos muy preciados. No podemos referirnos a propiedades.
Esto nos restringe pero a la vez, nos otorga un material más
rico: ir describiendo a partir de esos objetos preciados (una
fotografía, una alhaja, un cuaderno de recetas heredado
por generaciones, el tapado de piel con el que llegó
a la Argentina -ah, es extranjera, radicada en Argentina-,
su vestido de novia) las instancias fundamentales de su vida.
Después habrá que decidir junto a ella, a quién
y por qué, le deja cada uno de esos objetos a esos
personajes.
Bravo. Descendientes: Tiene dos hijos, ¿o cuatro?.
Dos, más simple. Una empleada de confianza, o una vecina.
Tres nietos. Un amor secreto (¿un amante?, ¿un
hijo que abandonó?). Una vez decidido quiénes
son ellos, habrá que ir haciéndolos aparecer
en su mente. Ahora pensemos que si queremos estructurar el
relato, el marco del suceso principal debe estar sosteniéndolo
todo: cuál es ese marco. El viaje en ambulancia. El
cuento va desde que se cae (no, mejor adelantemos, así
no tenemos que contar toda la burocracia, describir la caída,
el escalón, todo eso deberá desprenderse de
su pensamiento). El cuento va desde que acaban de subirla
a la ambulancia, hasta que llega al hospital. El cuento ocurre en el viaje.
Ahí tenemos un marco temporal. El lapso trascurrido
entre las 9.45 del 24 de mayo de 1999 (bien, así puede
hablar también de la muerte –que, pobre vieja,
imagina no la dejará llegar al 2000. Entonces podríamos
acercar la fecha al cambio de milenio, para darle más
emoción. Fantástico). El tiempo que transcurre
entonces entre las 9.45 del 24 de noviembre de 1999 hasta
las diez y tres minutos de esa misma mañana será
el marco referencial de ese relato. ¿Quién narra?
Narrador omnisciente. ¿En presente? No, porque así
podemos dar como una ligera sensación de cosa acabada,
todo ha terminado ya. Una de las tantas vidas que ocurrieron
. Usamos el pasado, entonces.
Con todos estos datos comenzamos a escribir una primera versión
que cuenta que la vieja acostada en la camilla observaba al
enfermero. El muchacho le sonreía y apartaba la mirada
de un modo culpable. Ella pensó por primera vez en
la muerte. Porque a los 87 años no se vuelve de una
quebradura de cadera. Pensó lo poco que faltaba para
llegar al 2000. Y se acordó de su nieta, Maggie, la
menor, y en el entusiasmo enorme con que la había invitado
a festejar juntas la llegada del milenio. Eso último
ocurrió la semana anterior a estos minutos que estamos
contando y que sucedieron en noviembre del 2000. Ahí
entonces se presenta el pasado ¡pero en el pasado! Y
ahí aparece la necesidad del pluscuamperfecto. Escribimos
entonces:
La carita de su nieta Maggie había resplandecido
al proponerle festejar juntas el cambio de milenio. “Nos
damos la mano bien apretada y miramos el cielo, abu”
le había dicho. La anciana comenzó a llorar.
Si no hubiéramos acudido al salvataje del pluscuamperfecto,
la última frase podría suponerla el lector como
una emocionada reacción de la abuela a la propuesta
de Maggie:
La carita de su nieta Maggie resplandeció al proponerle
festejar juntas el cambio de milenio. “Nos damos la
mano bien apretada y miramos el cielo, abu” le dijo.
La anciana comenzó a llorar.
No solamente hubiésemos considerado que tal vez Maggie
repentinamente había aparecido en la escena y viajaba
en la ambulancia con la abuela sino que hubiésemos
perdido un llanto clave en el desarrollo del cuento, un llanto
que desencadena el pensar de esa anciana en el legado a sus
seres queridos. El llanto de la angustia y la impotencia se
habría traspapelado en el llanto emocionado de una
abuela frente su nieta. De la otra forma, queda bien claro,
que ese pequeño diálogo tuvo lugar en el pasado
de ese día infausto que nos ocupa. Y el lector sigue
adelante enterándose quizá de que la abuela
decide dejarle a su adorada Maggie (no, no hace falta poner
adorada, porque qué duda cabe de que es adoración
lo que siente esa abuela por Maggie) la vieja fotografía
tomada el día que el cometa Halley iba a aparecer en
el cielo. En la foto, la anciana tenía..(Ey! Tengo
que investigar en qué año pasó el cometa
Halley por Buenos Aires... ¿Pasó el cometa Halley?
¿O fue otro?).
Probablemente nuestra tarea al escribir tenga
muchos de estos interrogantes a resolver, pero creo que con
este pequeño ejemplo se podrá vislumbrar, si
no el paso del cometa por Buenos Aires, al menos la importancia
de los tiempos verbales en un relato. Tanto como para hacer
esos huecos de pasado dentro del pasado, como para ir hacia
delante en el tiempo, como para imaginar lo que habría
sucedido en el caso de que las reacciones de un personaje
hubiese sido diferentes, si queremos que quede absolutamente
esclarecido todo eso en la reflexión de alguno de nuestros
personajes, o en la voz del narrador. Volviendo al tema de
la lectura en voz alta, nos da la alerta, generalmente, de
que cuando surgen en el lector las confusiones temporales
acerca de un pasaje, hay un problema de tiempos verbales detrás.
No vamos a hacer acá un compendio de los usos y accidentes
referidos a este tema. Pero sí, podemos tomar conciencia
de que es un asunto a trabajar con esmero. Revisemos con cuidado
los cuentos y novelas que nos pasean por diferentes épocas
y observemos cómo están construidos esos pasajes.
Quizá, con la práctica, y la dedicación,
podamos ahorrarle al oyente de nuestros textos, la incómoda
frase: Pará, pará. Eso que está leyendo:
¿cuándo pasó?
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