Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 7 - Lo que hay que saber

IContarlo todo resultaría imposible, ya que en ese caso sería menester, por lo menos, un volumen por día a fin de enumerar la multitud de incidentes insignificantes que llenan nuestra existencia. Se impone, por tanto, una selección, lo cual significa ya una primera vulneración de la teoría de toda la verdad.

Guy de Maupassant
(del prólogo a Pedro y Juan)



El pasado del pasado

En la CLASE 6 analizamos la importancia que tiene el uso correcto de los tiempos verbales cuando se trata de construir un relato con fluidez narrativa. Esto se pone de manifiesto en mayor medida al enfrentar una necesidad narrativa natural: contar el pasado de una historia narrada en pasado. Lo que en el relato oral y cotidiano hacemos sin dudar, se convierte en un problema pegajoso al tratar de expresar las mismas instancias temporales en una historia escrita
Tomemos un ejemplo: supongamos que la idea de una historia ya asomó a mi conciencia, supongamos que la elaboré durante un par de días o semanas, o meses y que decidí que esa historia debía contarse dentro del marco del género cuento. Luego me senté frente a la pantalla, o al bloc de hojas rayadas y comencé a esbozar la historia: Una anciana se quiebra la cadera cuando sale del banco y es trasladada al hospital. En ese traslado la anciana decide su sorpresivo testamento.
En principio y para que la historia comience a tener verosimilitud, debemos lidiar con una realidad: si la anciana es argentina difícilmente pueda tener la libertad de testar a favor de alguien, por lo que el testamento debería aludir a objetos muy preciados. No podemos referirnos a propiedades. Esto nos restringe pero a la vez, nos otorga un material más rico: ir describiendo a partir de esos objetos preciados (una fotografía, una alhaja, un cuaderno de recetas heredado por generaciones, el tapado de piel con el que llegó a la Argentina -ah, es extranjera, radicada en Argentina-, su vestido de novia) las instancias fundamentales de su vida. Después habrá que decidir junto a ella, a quién y por qué, le deja cada uno de esos objetos a esos personajes.
Bravo. Descendientes: Tiene dos hijos, ¿o cuatro?. Dos, más simple. Una empleada de confianza, o una vecina. Tres nietos. Un amor secreto (¿un amante?, ¿un hijo que abandonó?). Una vez decidido quiénes son ellos, habrá que ir haciéndolos aparecer en su mente. Ahora pensemos que si queremos estructurar el relato, el marco del suceso principal debe estar sosteniéndolo todo: cuál es ese marco. El viaje en ambulancia. El cuento va desde que se cae (no, mejor adelantemos, así no tenemos que contar toda la burocracia, describir la caída, el escalón, todo eso deberá desprenderse de su pensamiento). El cuento va desde que acaban de subirla a la ambulancia, hasta que llega al hospital. El cuento ocurre en el viaje.
Ahí tenemos un marco temporal. El lapso trascurrido entre las 9.45 del 24 de mayo de 1999 (bien, así puede hablar también de la muerte –que, pobre vieja, imagina no la dejará llegar al 2000. Entonces podríamos acercar la fecha al cambio de milenio, para darle más emoción. Fantástico). El tiempo que transcurre entonces entre las 9.45 del 24 de noviembre de 1999 hasta las diez y tres minutos de esa misma mañana será el marco referencial de ese relato. ¿Quién narra? Narrador omnisciente. ¿En presente? No, porque así podemos dar como una ligera sensación de cosa acabada, todo ha terminado ya. Una de las tantas vidas que ocurrieron . Usamos el pasado, entonces.
Con todos estos datos comenzamos a escribir una primera versión que cuenta que la vieja acostada en la camilla observaba al enfermero. El muchacho le sonreía y apartaba la mirada de un modo culpable. Ella pensó por primera vez en la muerte. Porque a los 87 años no se vuelve de una quebradura de cadera. Pensó lo poco que faltaba para llegar al 2000. Y se acordó de su nieta, Maggie, la menor, y en el entusiasmo enorme con que la había invitado a festejar juntas la llegada del milenio. Eso último ocurrió la semana anterior a estos minutos que estamos contando y que sucedieron en noviembre del 2000. Ahí entonces se presenta el pasado ¡pero en el pasado! Y ahí aparece la necesidad del pluscuamperfecto. Escribimos entonces:
La carita de su nieta Maggie había resplandecido al proponerle festejar juntas el cambio de milenio. “Nos damos la mano bien apretada y miramos el cielo, abu” le había dicho. La anciana comenzó a llorar.
Si no hubiéramos acudido al salvataje del pluscuamperfecto, la última frase podría suponerla el lector como una emocionada reacción de la abuela a la propuesta de Maggie:
La carita de su nieta Maggie resplandeció al proponerle festejar juntas el cambio de milenio. “Nos damos la mano bien apretada y miramos el cielo, abu” le dijo. La anciana comenzó a llorar.
No solamente hubiésemos considerado que tal vez Maggie repentinamente había aparecido en la escena y viajaba en la ambulancia con la abuela sino que hubiésemos perdido un llanto clave en el desarrollo del cuento, un llanto que desencadena el pensar de esa anciana en el legado a sus seres queridos. El llanto de la angustia y la impotencia se habría traspapelado en el llanto emocionado de una abuela frente su nieta. De la otra forma, queda bien claro, que ese pequeño diálogo tuvo lugar en el pasado de ese día infausto que nos ocupa. Y el lector sigue adelante enterándose quizá de que la abuela decide dejarle a su adorada Maggie (no, no hace falta poner adorada, porque qué duda cabe de que es adoración lo que siente esa abuela por Maggie) la vieja fotografía tomada el día que el cometa Halley iba a aparecer en el cielo. En la foto, la anciana tenía..(Ey! Tengo que investigar en qué año pasó el cometa Halley por Buenos Aires... ¿Pasó el cometa Halley? ¿O fue otro?).

Probablemente nuestra tarea al escribir tenga muchos de estos interrogantes a resolver, pero creo que con este pequeño ejemplo se podrá vislumbrar, si no el paso del cometa por Buenos Aires, al menos la importancia de los tiempos verbales en un relato. Tanto como para hacer esos huecos de pasado dentro del pasado, como para ir hacia delante en el tiempo, como para imaginar lo que habría sucedido en el caso de que las reacciones de un personaje hubiese sido diferentes, si queremos que quede absolutamente esclarecido todo eso en la reflexión de alguno de nuestros personajes, o en la voz del narrador. Volviendo al tema de la lectura en voz alta, nos da la alerta, generalmente, de que cuando surgen en el lector las confusiones temporales acerca de un pasaje, hay un problema de tiempos verbales detrás. No vamos a hacer acá un compendio de los usos y accidentes referidos a este tema. Pero sí, podemos tomar conciencia de que es un asunto a trabajar con esmero. Revisemos con cuidado los cuentos y novelas que nos pasean por diferentes épocas y observemos cómo están construidos esos pasajes. Quizá, con la práctica, y la dedicación, podamos ahorrarle al oyente de nuestros textos, la incómoda frase: Pará, pará. Eso que está leyendo: ¿cuándo pasó?



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