“Es habitual que
en el curso de una conversación, alguien cuente un
episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose
luego al cuentista presente le diga: "Ahí tienes
un tema formidable para un cuento; te lo regalo." A mí
me han reglado en esa forma montones de temas, y siempre he
contestado amablemente: "Muchas gracias", y jamás
he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta
vez una amiga me contó distraídamente las aventuras
de una criada suya en París. Mientras escuchaba su
relato, sentí que eso podía llegar a ser un
cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas
curiosas; para mí, bruscamente, se cargaban de un sentido
que iba mucho más allá de su simple y hasta
vulgar contenido. Por eso, toda vez que me he preguntado:
¿Cómo distinguir entre un tema insignificante,
por más divertido o emocionante que pueda ser, y otro
significativo?, he respondido que el escritor es el primero
en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos
temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así
como para Marcel Proust el sabor de una magdalena mojada en
el té abría bruscamente un inmenso abanico de
recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga
el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma
en que su cuento, más tarde, hará reaccionar
al lector. Todo cuento está así predeterminado
por el aura, por la fascinación irresistible que el
tema crea en su creador. (....)
Los cuentistas inexpertos suelen
caer en la ilusión de imaginar que les basta escribir
lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover
a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel
que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto
que todos los demás lo ven igualmente bello. Con el
tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa
primera etapa ingenua, aprende que en la literatura no bastan
las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en
el lector esa conmoción que lo llevó a él
a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor,
y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr
ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir
leyendo, que atrapa la atención, que aísla al
lector de todo lo que lo rodea para después, terminado
el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una
manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa.
Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro
momentáneo del lector es mediante un estilo basado
en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que
los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor
concesión, a la índole del tema, le den su forma
visual y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan
único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo
y en su ambiente y en su sentido más primordial."
JULIO CORTAZAR
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