Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 6 - Lo que hay que saber

ITodas las personas cercanas a mí siempre han menospreciado mi actividad de escritor y no han cesado de aconsejarme amistosamente que no cambiara mi ocupación actual por la de escritor.
Anton Chejov


> ¿Para qué sirven las conjugaciones verbales?

> Introducir el pasado en un relato en presente

> Conseguir la fluidez del relato

Para qué sirven las conjugaciones verbales

La mayoría de los niños en la escuela primaria suelen sentirse torturados por la enseñanza de los verbos. Mientras caminan hacia las aulas, sus pequeños estómagos comienzan a revolverse ante lo que perciben inminente: la voz de su maestra dando la orden Conjugar en pretérito imperfecto del modo indicativo el verbo Planchar. Demoníaca voz que habla de una materia incomprensible e inútil. ¿Para qué quiero saber cómo se conjugan los verbos?, le dirán los chicos a sus madres, al volver a casa, mientras toman la chocolatada con la sensación de ir entibiando su alma lentamente después de la paliza de tiempos verbales con que han sido azotados durante la jornada. Y sus madres, dirán: Es importante, hijo, sin estar muy convencidas de la afirmación porque recordarán a su vez la voz de su maestra repitiendo: Niños: quiero que conjuguen el Verbo saltar en el pretérito pluscuamperfecto...
Cuánto sufrimiento ahorraríamos al mundo si pudiésemos ver la conjugación de los verbos en la función para la que fueron creados. Ordenar el relato, apoyar un discurso, comunicar con claridad. Notamos que la mayoría de las personas, aún los niños de escuela primaria, utilizan oralmente una cantidad mayor de conjugaciones y tiempos verbales que cuando escriben. Y además lo hacen naturalmente sin errores. También sus madres. Pueden mantener una conversación telefónica mientras se liman las uñas diciendo: Bueno, te cuento: estábamos ahí, en el cine, charloteando de pavadas como siempre, hasta que llegó Charito Martínez. No te imaginás cómo vino vestida. Llevaba un tapado de esos de piel de leopardo, los que usan las divas, hasta el suelo, un horror –supongo que debe habérselo sacado a la suegra, que le lleva una cabeza de estatura, por lo menos-. ¿Vos la conocés a la suegra, no? ¡Pero si que la conocés, gorda! Lilita Martínez, una mujer muy mona. Tenés que haberla visto, seguro, ese verano que estuvimos en Colonia, ¿te acordás que habíamos alquilado una casa divina, que tenía una galería de jazmines que?... Sí, esa. Ay, me encantaría volver a alquilarla este verano, si pudiese convencer al aburrido de Gustavo...Y así, el relato puede desarrollarse durante largos minutos, pincelando los antes y después de la historia con tiempos verbales exactamente conjugados. Pero si les pedimos a esas mismas señoras que redacten una brevísima historia sobre cualquiera de los temas abordados en su charla, nos vamos a encontrar con un empaste de tiempos verbales donde en medio de un párrafo que habla claramente del pasado, se nos aparece un presente inexplicable, o viceversa. Y no una, sino varias veces. Podemos pedirle lo mismo a un abogado litigante: el resultado no será, en la mayoría de los casos, más alentador.


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Introducir el pasado en un relato en presente

¿Por qué es tan difícil manejar en el papel lo que podemos conseguir en el habla cotidiana?. Desconocemos la respuesta y no vamos a ocuparnos de ese problema que será materia para los especialistas. Sí, nos gustaría aprovechar este asunto, para acercarnos a uno de los errores más frecuentes entre los autores novatos. Cómo se logra introducir un pasado en un relato que situamos en el presente, o mejor aún: si nuestro relato está contado en pasado, cómo ir al pasado de ese pasado, sin que luego, al leerse el texto, el lector deba detener la lectura para comprobar que lo que estamos contando es algo que sucedió antes de ese antes.
García Márquez dice en sus Advertencias a un escritor: No debemos obligar al lector a leer una frase de nuevo. Y esta es una prueba irrefutable para cualquier escritor novato, y para cualquier escritor, claro. Un texto debe resistir la escucha del lector. Qué significa esto. Que si tenemos dudas sobre si un texto escrito (con la intención de que sea leído, no oído, sí) funciona básicamente, podemos hacer la prueba de leerlo en voz alta a un oyente cualquiera. Si el texto está bien construido temporalmente (e insistimos: nos referimos a un texto donde la estructura funciona, el tema está íntimamente relacionado con el conflicto, los personajes son creíbles y todos los etcéteras a considerar fueron ya considerados), vamos a conseguir la atención total y permanente del oyente, y en ningún momento recibiremos el pedido: ¿Me podés volver a leer esa parte, que me perdí?. O Pará, eso que estás contando ahora ¿pasó antes, no? Es anterior a la enfermedad ¿o no?
Como dijimos en una de las clases ya pasadas: ningún libro viene con el disquete explicativo: Los acontecimientos narrados en el segundo párrafo de la página 134, deben leerse como parte del pasado del verdugo. Los que figuran en la última línea de la primera parte, son una expresión de deseo por lo que están escritos en futuro, no forman parte de los sucesos de ese día...los...



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Conseguir la fluidez del relato

Si la prosa fluye, llevará de la mano al lector (gracias Quiroga, por la claridad de tus consejos) mientras transcurra el presente, el pasado, el futuro y otra vez el presente, e incluso lo que no ocurrió, o lo que podría haber sucedido. El narrador puede conseguir que el lector vaya y vuelva a su antojo por todos estos planos temporales. Como ejemplos de este ejercicio de hechizo basta leer el conocido instante escrito por Marcel Proust en su maravillosa En busca del tiempo perdido. Cuando el protagonista muerde un trozo de magdalena embebida en té y ese acto (insignificante) le trae como consecuencia una cantidad de recuerdos que irán desflorándose frente al lector, quien se hunde sin remedio en la psiquis particular del personaje. Sin irnos tan lejos, hay una pasaje de la novela Crónica de un iniciado, de Abelardo Castillo, que logra un efecto sorprendente. El protagonista está frente a una mujer, sentados ambos a la mesa de un bar, y habiendo pedido un café, ella le dice algo así como que él nunca está presente sino perdido en sus pensamientos. Y coloca en la tacita de café, destinada a él, un terrón de azúcar. Mientras ella revuelve el café, él, a su pesar, se ve envuelto en una vorágine de pensamientos que recorren puntos distantes en el plano temporo-espacial y vuelve cuando ella deja de revolver el café y le dice: Se te enfría.
Claro, estamos hablando de Castillo, de Proust. Pero ahora tratemos de concentrarnos en lo nuestro: hay que conseguir que el lector nos acompañe en nuestro recorrido por escenarios y tiempos elegidos para la historia. Cómo se consigue esto. Con una buena sintaxis (y de esto también nos ocuparemos en alguna clase), pero sobre todo, gracias a la administración de los tiempos verbales. Eso es lo que deberían enseñar en las escuelas: a contar historias cotidianas y pasarlas luego al papel. Allí, inmediatamente, va a aparecer la necesidad de apelar a los tiempos verbales correctos, y los veremos no como instrumentos de tortura sino como salvavidas arrojados al mar indeterminado del devenir.
En la próxima clase nos ocuparemos de una dificultad muy usual entre los autores novatos: cómo contar el pasado del pasado.



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Lo que hay que saber

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