Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 5 - Lo que hay que saber

Ignoro si tendrá usted talento. Lo que me entrega revela cierta inteligencia, pero no olvide usted esto, joven: el talento, en frase de Bufón, es tan sólo una larga paciencia. Trabaje.
Gustave Flaubert a Guy de Maupassant


> ¿A qué nos referimos cuando hablamos de perspectiva?

> El punto de vista de los personajes

> La elección de la "persona" correcta

¿A qué nos referimos cuando hablamos de perspectiva?

En la CLASE 4 analizamos la función del narrador. Junto con la elección del narrador entra a pesar en el relato el tema de la perspectiva y el punto de vista.
Si elijo a un narrador personaje debo saber que cuento sólo con su punto de vista para ver los hechos. Pero también debo tener cuidado en mantener el punto de vista cuando mi narrador acompaña a uno de ellos, aunque no sea ese personaje quien narra: Por ejemplo, en un cuento de mafiosos:
Richie caminó con paso decidido hasta la oficina y se detuvo. Respiró hondo, besó la medalla que colgaba de su cuello, se echó un poco de antiséptico bucal, y golpeó a la puerta de la oficina. La puerta se abrió.. El Yeta lo estaba esperando desde hacía una hora con ese gesto de pocos amigos para decirle que no iba a darle el dinero. Richie dejó de sonreír amigablemente. Supo que debería andar con cuidado, si quería conseguirlo.
–¿Qué se cuenta, Jefe?-, dijo. Tenía la boca amarga.

El narrador en este caso acompaña a Richie y si queremos que siga haciéndolo debemos mantener la perspectiva. De ninguna manera puede saber Richie que el Yeta tenía esa cara desde hacía una hora y menos que la intención que tenía el Yeta era la de decirle que le negaría el dinero. Puede suponerlo. Y entonces ese tramo debería cambiarse por: La puerta se abrió. El Yeta lo miró con cara de pocos amigos. Richie supuso que había estado así, con ese gesto, desde hacía una hora. Se haría duro conseguir el dinero. –Qué se cuenta, Jefe?-dijo. Tenía la boca amarga.
Acá, no sólo se utiliza la perspectiva correcta para el narrador, sino que el lector también lo acompaña en su incertidumbre acerca del cobro del dinero.
Si nos ubicáramos en el Yeta, podríamos decir algo como esto:
El Yeta sintió que sus dientes se estaban gastando. Hizo algunos ejercicios con la intención de aflojar las mandíbulas pero no lo logró. Debería ponerse la placa contra el bruxismo nomás. Miró el reloj. Hacía una hora que Richie debería haber llegado. Sobre el escritorio estaba el maletín con el dinero. Demasiado para un tipo apestoso como el Richie. –Guardá la guita- le dijo a su ayudante- Hoy no cobra nadie.
Se escucharon tres golpes en la puerta. El Yeta hizo una seña a su ayudante para que terminara de guardar el maletín. La puerta se abrió. Richie entró con una sonrisa estúpida que relucía tanto como la medalla que habría besado antes de entrar. La sonrisa se fue apagando a medida que avanzaba.


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El punto de vista de los personajes

Este asunto que puede parecer muy obvio y simple no lo es tanto cuando vemos la cantidad de deslices cometidos en los textos de autores novatos, cuando el narrador revela pensamientos sobre los personajes que no acompaña, cuando su perspectiva es la de otro personaje. Si el salto no responde a ningún plan, si la estructura del relato no instala desde el principio el doble punto de vista, el relato se fractura. Descoloca al lector de una manera sutil pero definitiva que lo aparta de ese pacto de credibilidad tácito establecido entre el que cuenta la historia y el que la escucha. Da la sensación de estar frente a un dibujo animado, de pronto los ojos de una persona se salen de sus órbitas con largos resortes que los llevan a otro sitio.

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La elección de la “persona” correcta

No es la perspectiva el único asunto que conlleva la elección de un narrador. Nos preguntaremos también si nos conviene contar la historia usando un narrador en 1° o 3° persona. La decisión correcta sobre esta opción marca, en cantidad de oportunidades, la fluidez de la historia. Voy a referirme ahora a uno de mis cuentos: Cuando falte todo a mi alrededor, incluido en el libro Coronadas de Gloria. La historia cuenta un rato en la vida de una madre que mientras prepara la comida para su hijos repasa las decisiones que ha tomado en su vida. Aquí, se trataba de exponer al mismo tiempo la acción de la protagonista (cotidiana, doméstica) y sus pensamientos, sus emociones más íntimas. Era importante darle el ritmo vertiginoso de una mente embarullada por la falta de tiempo, el resentimiento, la desesperación. Esto podía conseguirlo con una sintaxis de oraciones yuxtapuestas, suprimiendo la claridad que otorgan los puntos. Pero además debía meterme en esa cabeza. Pensé que podía usar una primera persona, opción que me ubicaría dentro de la mujer, pero esta opción me presentaba un problema: sonaría muy forzada la descripción de las acciones que llevaba a cabo la protagonista. Tuve la sensación de que si ponía a esta mujer diciendo: estoy haciendo esto, ahora hago esto otro, el cuento iba a tener algo de programa televisivo donde una cocinera nos va indicando cómo procede para la preparación de un postre. Y yo necesitaba por sobre todas las cosas estar a solas con esa señora, tan sola como ella se sentía esa mañana. El cuento fue resuelto así:

Una mañana ella está picando cebollas mientras escucha por la radio que anuncian probabilidad de chaparrones y entonces piensa justo hoy que Lucía está invitada a un cumpleaños al aire libre y le queda tan lindo el solero. Se seca las lágrimas con la punta del delantal y en ese instante advierte que se ha acabado el aceite para freír las cebollas y sabe que ya no hay tiempo de arreglarle a Lucía su vestido oscuro de lanilla. Va a hacer frío con la lluvia piensa echando una mirada al reloj que indica las doce. Ya las doce y las tapas de empanadas que acaba de sacar de la heladera están duras, tan duras que le dan ganas de tirarlas. Se reprocha entonces por haber desperdiciado la mañana leyendo la nota sobre esa poeta en vez de haber ido a la carnicería a comprar algo para el almuerzo. Se dice que si no hubiera leído esa nota que hablaba de los diarios íntimos y las cartas, el tiempo habría sobrado. Menos veleidades de poeta y más pies sobre la tierra insiste en reprocharse, porque algo anda mal si sobran los sueños y no hay un poco de manteca, carajo, ni un poco con que freír las cebollas.

La tercera con un indirecto libre (estilo que veremos más adelante) me permitía estar dentro de su psiquis y al mismo tiempo aliviarla de dar cuenta de sus acciones.
Estas y otras muchas decisiones por el estilo, además de las intuiciones que el mismo ejercicio del oficio va suministrando a lo largo de los años, son las que toma un autor cuando decide cómo contar lo que quiere contar. Si todavía hay alguien que opina que este proceder no implica un acto de creatividad e imaginación poderosas, entonces, será mejor que siga escribiendo sus espontaneidades, quizá, con el tiempo, alguna noche de insomnio dé en la tecla, convirtiéndose en el autor de un único, excelente relato.


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