Ignoro si tendrá usted talento. Lo que me entrega revela
cierta inteligencia, pero no olvide usted esto, joven: el
talento, en frase de Bufón, es tan sólo una
larga paciencia. Trabaje.
Gustave Flaubert a Guy de Maupassant
> ¿A qué
nos referimos cuando hablamos de perspectiva?
> El punto de vista de los personajes
> La elección de la "persona"
correcta
¿A
qué nos referimos cuando hablamos de perspectiva?
En la CLASE 4 analizamos la función
del narrador. Junto con la elección del narrador entra
a pesar en el relato el tema de la perspectiva y el punto
de vista.
Si elijo a un narrador personaje debo saber que cuento sólo
con su punto de vista para ver los hechos. Pero también
debo tener cuidado en mantener el punto de vista cuando mi
narrador acompaña a uno de ellos, aunque no sea ese
personaje quien narra: Por ejemplo, en un cuento de mafiosos:
Richie caminó con paso decidido hasta la oficina
y se detuvo. Respiró hondo, besó la medalla
que colgaba de su cuello, se echó un poco de antiséptico
bucal, y golpeó a la puerta de la oficina. La puerta
se abrió.. El Yeta lo estaba esperando desde hacía
una hora con ese gesto de pocos amigos para decirle que no
iba a darle el dinero. Richie dejó de sonreír
amigablemente. Supo que debería andar con cuidado,
si quería conseguirlo.
–¿Qué se cuenta, Jefe?-, dijo. Tenía
la boca amarga.
El narrador en este caso acompaña a Richie y si queremos
que siga haciéndolo debemos mantener la perspectiva.
De ninguna manera puede saber Richie que el Yeta tenía
esa cara desde hacía una hora y menos que la intención
que tenía el Yeta era la de decirle que le negaría
el dinero. Puede suponerlo. Y entonces ese tramo debería
cambiarse por: La puerta se abrió. El Yeta lo miró
con cara de pocos amigos. Richie supuso que había estado
así, con ese gesto, desde hacía una hora. Se
haría duro conseguir el dinero. –Qué se
cuenta, Jefe?-dijo. Tenía la boca amarga.
Acá, no sólo se utiliza la perspectiva correcta
para el narrador, sino que el lector también lo acompaña
en su incertidumbre acerca del cobro del dinero.
Si nos ubicáramos en el Yeta, podríamos decir
algo como esto:
El Yeta sintió que sus dientes se estaban gastando.
Hizo algunos ejercicios con la intención de aflojar
las mandíbulas pero no lo logró. Debería
ponerse la placa contra el bruxismo nomás. Miró
el reloj. Hacía una hora que Richie debería
haber llegado. Sobre el escritorio estaba el maletín
con el dinero. Demasiado para un tipo apestoso como el Richie.
–Guardá la guita- le dijo a su ayudante- Hoy
no cobra nadie.
Se escucharon tres golpes en la puerta. El Yeta hizo una seña
a su ayudante para que terminara de guardar el maletín.
La puerta se abrió. Richie entró con una sonrisa
estúpida que relucía tanto como la medalla que
habría besado antes de entrar. La sonrisa se fue apagando
a medida que avanzaba.
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El
punto de vista de los personajes
Este asunto que puede parecer muy obvio
y simple no lo es tanto cuando vemos la cantidad de deslices
cometidos en los textos de autores novatos, cuando el narrador
revela pensamientos sobre los personajes que no acompaña,
cuando su perspectiva es la de otro personaje. Si el salto
no responde a ningún plan, si la estructura del relato
no instala desde el principio el doble punto de vista, el
relato se fractura. Descoloca al lector de una manera sutil
pero definitiva que lo aparta de ese pacto de credibilidad
tácito establecido entre el que cuenta la historia
y el que la escucha. Da la sensación de estar frente
a un dibujo animado, de pronto los ojos de una persona se
salen de sus órbitas con largos resortes que los llevan
a otro sitio.
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La elección de
la “persona” correcta
No es la perspectiva el único asunto
que conlleva la elección de un narrador. Nos preguntaremos
también si nos conviene contar la historia usando un
narrador en 1° o 3° persona. La decisión correcta
sobre esta opción marca, en cantidad de oportunidades,
la fluidez de la historia. Voy a referirme ahora a uno de
mis cuentos: Cuando falte todo a mi alrededor, incluido
en el libro Coronadas de Gloria. La historia cuenta
un rato en la vida de una madre que mientras prepara la comida
para su hijos repasa las decisiones que ha tomado en su vida.
Aquí, se trataba de exponer al mismo tiempo la acción
de la protagonista (cotidiana, doméstica) y sus pensamientos,
sus emociones más íntimas. Era importante darle
el ritmo vertiginoso de una mente embarullada por la falta
de tiempo, el resentimiento, la desesperación. Esto
podía conseguirlo con una sintaxis de oraciones yuxtapuestas,
suprimiendo la claridad que otorgan los puntos. Pero además
debía meterme en esa cabeza. Pensé que podía
usar una primera persona, opción que me ubicaría
dentro de la mujer, pero esta opción me presentaba
un problema: sonaría muy forzada la descripción
de las acciones que llevaba a cabo la protagonista. Tuve la
sensación de que si ponía a esta mujer diciendo:
estoy haciendo esto, ahora hago esto otro, el cuento iba a
tener algo de programa televisivo donde una cocinera nos va
indicando cómo procede para la preparación de
un postre. Y yo necesitaba por sobre todas las cosas estar
a solas con esa señora, tan sola como ella se sentía
esa mañana. El cuento fue resuelto así:
Una mañana ella está
picando cebollas mientras escucha por la radio que anuncian
probabilidad de chaparrones y entonces piensa justo hoy que
Lucía está invitada a un cumpleaños al
aire libre y le queda tan lindo el solero. Se seca las lágrimas
con la punta del delantal y en ese instante advierte que se
ha acabado el aceite para freír las cebollas y sabe
que ya no hay tiempo de arreglarle a Lucía su vestido
oscuro de lanilla. Va a hacer frío con la lluvia piensa
echando una mirada al reloj que indica las doce. Ya las doce
y las tapas de empanadas que acaba de sacar de la heladera
están duras, tan duras que le dan ganas de tirarlas.
Se reprocha entonces por haber desperdiciado la mañana
leyendo la nota sobre esa poeta en vez de haber ido a la carnicería
a comprar algo para el almuerzo. Se dice que si no hubiera
leído esa nota que hablaba de los diarios íntimos
y las cartas, el tiempo habría sobrado. Menos veleidades
de poeta y más pies sobre la tierra insiste en reprocharse,
porque algo anda mal si sobran los sueños y no hay
un poco de manteca, carajo, ni un poco con que freír
las cebollas.
La tercera con un indirecto libre (estilo
que veremos más adelante) me permitía estar
dentro de su psiquis y al mismo tiempo aliviarla de dar cuenta
de sus acciones.
Estas y otras muchas decisiones por el estilo, además
de las intuiciones que el mismo ejercicio del oficio va suministrando
a lo largo de los años, son las que toma un autor cuando
decide cómo contar lo que quiere contar. Si todavía
hay alguien que opina que este proceder no implica un acto
de creatividad e imaginación poderosas, entonces, será
mejor que siga escribiendo sus espontaneidades, quizá,
con el tiempo, alguna noche de insomnio dé en la tecla,
convirtiéndose en el autor de un único, excelente
relato.
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