William Faulkner
“(El sonido y la furia) Empezó
con una imagen mental. Yo no comprendí en aquel momento
que era simbólica. La imagen era la de los fondillos
enlodados de los calzoncitos de una niña subida a un
peral, desde donde ella podía ver a través de
una ventana el lugar donde se estaba efectuando el funeral
de su abuela y se lo contaba a sus hermanos que estaban al
pie del árbol. Cuando llegué a explicar quiénes
eran ellos y qué estaban haciendo y cómo se
habían enlodado los calzoncitos de la niña,
comprendí que sería imposible meterlo todo en
un cuento y que el relato tendría que ser un libro.
Y entonces comprendí el simbolismo de los calzoncitos
enlodados, y esa imagen fue reemplazada por la de la niña
huérfana de padre y madre que se descuelga por el tubo
de desagüe del techo para escaparse del único
hogar que tiene, donde nunca ha recibido amor ni afecto ni
comprensión. Yo había empezado a contar la historia
a través de los ojos del niño idiota, porque
pensaba que sería más eficaz si la contaba alguien
que sólo fuera capaz de saber lo que sucedía,
pero no por qué. Me di cuenta de que no había
contado la historia esa vez. Traté de volver a contarla,
ahora a través de los ojos de otro hermano. Tampoco
resultó. La conté por tercera vez a través
de los ojos del tercer hermano. Tampoco resultó. Traté
de reunir los fragmentos y de llenar las lagunas haciendo
yo mismo las veces de narrador. Todavía no quedó
completa, hasta quince años después de la publicación
del libro, cuando escribí, como apéndice de
otro libro, el esfuerzo final para acabar de contar la historia
y sacármela de la cabeza de modo que yo mismo pudiera
sentirme en paz. Ese es el libro por el que siento más
ternura. Nunca pude dejarlo de lado y nunca pude contar bien
la historia, aun cuando lo intenté con ahínco
y me gustaría volver a intentarlo, aunque probablemente
fracasaría otra vez.”
Extracto de una entrevista a William Faulkner |