Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 4 - Lo que hay que saber

Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
Horacio Quiroga



> ¿A quién nos estamos refiriendo cuando hablamos del "narrador"?

> El narrador que todo lo sabe

> Existen varios tipos de narradores

¿A quién nos estamos refiriendo cuando hablamos del “narrador”?

Cuando un autor escribe una historia utiliza intuitiva o deliberadamente la figura de un narrador, alguien que dice por ejemplo: La mañana era oscura cuando Tomás salió, o Cinco de las mesas del bar estaban ocupadas por grupos de estudiantes, o Mi origen había permanecido oculto hasta entonces. El narrador es el que lleva adelante el relato para que el lector lo conozca, es decir el narrador es el puente entre esa historia y el lector. El narrador es quien conoce a los personajes, quien los va presentando al lector, y no tiene por qué coincidir con el autor a menos que éste requiera de esa coincidencia, y para ello construya un relato donde el narrador sea él mismo y el lector pueda reconocerlo. Esto sucede en el caso de novelas autobiográficas, memorias, etc. Pero en la mayoría de los relatos el narrador es una especie de dios omnipresente: sabe qué le está ocurriendo al protagonista, y a los personajes que lo rodean, conoce los lugares, su intimidad, sus hábitos más solitarios, penetra en sus pensamientos, los describe como si estuviera mirándolos, puede dar fe de cosas que sucedieron en el pasado de esos personajes, puede saltear espacios inmensos de un párrafo a otro, anticipar el futuro. Puede, por sobre todas las cosas, administrar todo el conocimiento que posee acerca de esa historia en pos de su atractivo. Esto que parece algo muy sencillo es uno de los asuntos más difíciles de dominar. Constantemente deberemos batallar contra la tentación de dar datos innecesarios o adelantarnos en el suministro, por más bellos que aparezcan sus reflejos, el riesgo de sucumbir ante tales encantos suele ser el de perder el hilo de la historia. Gabriel García Márquez refiere la habilidad de su madre en esta cuestión fundamental de la narrativa, cuándo mostrar y cuándo guardar: La mitad de los cuentos con que inicié mi formación se los escuché a mi madre. Ella tiene ahora ochenta y siete años y nunca oyó hablar de discursos literarios, ni de técnicas narrativas, ni de nada de eso, pero sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as en la manga mejor que los magos que sacan pañuelitos y conejos del sombrero. Recuerdo cierta vez que estaba contándonos algo, y después de mencionar a un tipo que no tenía nada que ver con el asunto, prosiguió su cuento tan campante, sin volver a hablar de él, hasta que casi llegando al final, ¡paff!, de nuevo el tipo -ahora en primer plano, por decirlo así-, y todo el mundo boquiabierto, y yo preguntándome, ¿dónde habrá aprendido mi madre esa técnica, que a uno le toma toda una vida aprender?


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El narrador que todo lo sabe

Ahora bien, atendamos a lo siguiente: ni el niño García Márquez ni nadie como lector u oyente se detiene frente a un relato bien narrado para preguntarse ¿Pero cómo es que éste que cuenta puede saber tantas cosas? Nadie duda de su potestad. La figura del narrador es una convención literaria y por lo tanto indiscutible. Su omnipresencia es verosímil. A este narrador se lo llama por eso: narrador omnipresente u omnisciente. Puede estar dentro de un personaje y dos párrafos después, o en el siguiente capítulo, estar dentro de otro. Luego veremos cómo se logra la credibilidad de ese pasaje a través del manejo del punto de vista y la perspectiva.
Queda claro por ahora que el narrador, aún el omnipresente, no es el autor del relato.


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Existen varios tipos de narradores

Hay relatos en los que el que narra cuenta algo que le sucedió a él, es decir, está inmerso en el asunto: Salí por la puerta principal y me dirigí al estacionamiento donde ella me esperaba. Este narrador es uno de los personajes de la obra.
Luego tenemos también el narrador testigo, aquel que conoce a casi todos los personajes pero no participa directamente en la historia. Un ejemplo claro de este tipo de narrador es el de la novela Crónica de una muerte anunciada.

Aunque para el escritor novato la elección de un narrador sea una cuestión menor o poco definitoria, es un punto importantísimo que puede determinar la eficacia de un relato, porque al decidir quién cuenta la historia, decidimos también cómo se la cuenta. Y de esto resulta lo que todos sabemos, lo que puede volverse crucial en una corte de justicia: el mismo suceso contado por dos personas puede llegar a variar de una manera asombrosa. Este procedimiento es aprovechado estructuralmente en la novela Rosaura a las diez, por su autor, Marco Denevi, quien utiliza tres narradores diferentes para desarrollar la historia, y es el lector quien va armando, con los testimonios de esas tres voces, la verdad de los hechos.

Pongamos por caso que decidimos contar la historia de un conflicto entre un niño de siete años y su madre. Si elegimos un narrador neutral, omnipresente, podemos contar la historia en un lenguaje moderado, pero si elegimos usar al niño como narrador (y con esto ganamos inmediatez y aproximación del lector al relato) vamos a tener que observar los detalles que sólo ese narrador (un niño) podría detenerse a contar, y con la forma usual y característica de una criatura. Si decimos: Mi madre suele tener predilección por las mascotas. Adora a los gatos siameses que ha comprado mi tía, no estamos acertando con el narrador. Lo más probable es que nadie nos crea que el que narra es un niño de siete años. Tenemos que encontrar la forma en que el narrador puede describir la “predilección” de su madre. Quizá nos convenga ponerlo así: A mi mamá le gustan los animales. No los que están en el zoológico, porque dice que esos no son animales. A ella le gustan los que viven en las casas. Y más que nada le gustan los que tienen la pielcita suave, con la punta de la cola negra, y los ojos amarillos, como los gatos que están en lo de mi tía. Como puede verse, aunque el asunto de la historia sea el mismo, cambia radicalmente contado por un narrador particular. Pongamos otro ejemplo: Un muchacho de 18 años, que relata sus peripecias en la guerra de Malvinas. No podría decir jamás: Fue horroroso. Recibí un impacto de bala en el muslo derecho. Lo lógico es que hable con la forma de un adolescente: Me dieron en la pierna, arriba de la rodilla. Tanto si elegimos a un niño, a un extranjero, o a alguien que empieza a beber en la primera página y termina borracho en la página once debemos cuidar no sólo el avance de la historia, el hilo narrativo, sino las formas que usamos para expresarlo.


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