Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente
hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste.
No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o
no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una
novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta,
aunque no lo sea.
Horacio Quiroga
> ¿A quién
nos estamos refiriendo cuando hablamos del "narrador"?
> El narrador que todo lo sabe
> Existen varios tipos de narradores
¿A quién
nos estamos refiriendo cuando hablamos del “narrador”?
Cuando un autor escribe una historia utiliza
intuitiva o deliberadamente la figura de un narrador, alguien
que dice por ejemplo: La mañana era oscura cuando Tomás
salió, o Cinco de las mesas del bar estaban ocupadas
por grupos de estudiantes, o Mi origen había permanecido
oculto hasta entonces. El narrador es el que lleva adelante
el relato para que el lector lo conozca, es decir el narrador
es el puente entre esa historia y el lector. El narrador es
quien conoce a los personajes, quien los va presentando al
lector, y no tiene por qué coincidir con el autor a
menos que éste requiera de esa coincidencia, y para
ello construya un relato donde el narrador sea él mismo
y el lector pueda reconocerlo. Esto sucede en el caso de novelas
autobiográficas, memorias, etc. Pero en la mayoría
de los relatos el narrador es una especie de dios omnipresente:
sabe qué le está ocurriendo al protagonista,
y a los personajes que lo rodean, conoce los lugares, su intimidad,
sus hábitos más solitarios, penetra en sus pensamientos,
los describe como si estuviera mirándolos, puede dar
fe de cosas que sucedieron en el pasado de esos personajes,
puede saltear espacios inmensos de un párrafo a otro,
anticipar el futuro. Puede, por sobre todas las cosas, administrar
todo el conocimiento que posee acerca de esa historia en pos
de su atractivo. Esto que parece algo muy sencillo es uno
de los asuntos más difíciles de dominar. Constantemente
deberemos batallar contra la tentación de dar datos
innecesarios o adelantarnos en el suministro, por más
bellos que aparezcan sus reflejos, el riesgo de sucumbir ante
tales encantos suele ser el de perder el hilo de la historia.
Gabriel García Márquez refiere la habilidad
de su madre en esta cuestión fundamental de la narrativa,
cuándo mostrar y cuándo guardar: La mitad de
los cuentos con que inicié mi formación se los
escuché a mi madre. Ella tiene ahora ochenta y siete
años y nunca oyó hablar de discursos literarios,
ni de técnicas narrativas, ni de nada de eso, pero
sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as
en la manga mejor que los magos que sacan pañuelitos
y conejos del sombrero. Recuerdo cierta vez que estaba contándonos
algo, y después de mencionar a un tipo que no tenía
nada que ver con el asunto, prosiguió su cuento tan
campante, sin volver a hablar de él, hasta que casi
llegando al final, ¡paff!, de nuevo el tipo -ahora en
primer plano, por decirlo así-, y todo el mundo boquiabierto,
y yo preguntándome, ¿dónde habrá
aprendido mi madre esa técnica, que a uno le toma toda
una vida aprender?
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El narrador que todo
lo sabe
Ahora bien, atendamos a lo siguiente: ni el niño García
Márquez ni nadie como lector u oyente se detiene frente
a un relato bien narrado para preguntarse ¿Pero cómo
es que éste que cuenta puede saber tantas cosas? Nadie
duda de su potestad. La figura del narrador es una convención
literaria y por lo tanto indiscutible. Su omnipresencia es
verosímil. A este narrador se lo llama por eso: narrador
omnipresente u omnisciente. Puede estar dentro de un personaje
y dos párrafos después, o en el siguiente capítulo,
estar dentro de otro. Luego veremos cómo se logra la
credibilidad de ese pasaje a través del manejo del
punto de vista y la perspectiva.
Queda claro por ahora que el narrador, aún el omnipresente,
no es el autor del relato.
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Existen varios tipos de narradores
Hay relatos en los que el que narra cuenta
algo que le sucedió a él, es decir, está
inmerso en el asunto: Salí por la puerta principal
y me dirigí al estacionamiento donde ella me esperaba.
Este narrador es uno de los personajes de la obra.
Luego tenemos también el narrador testigo, aquel que
conoce a casi todos los personajes pero no participa directamente
en la historia. Un ejemplo claro de este tipo de narrador
es el de la novela Crónica de una muerte anunciada.
Aunque para el escritor novato la elección
de un narrador sea una cuestión menor o poco definitoria,
es un punto importantísimo que puede determinar la
eficacia de un relato, porque al decidir quién cuenta
la historia, decidimos también cómo se la cuenta.
Y de esto resulta lo que todos sabemos, lo que puede volverse
crucial en una corte de justicia: el mismo suceso contado
por dos personas puede llegar a variar de una manera asombrosa.
Este procedimiento es aprovechado estructuralmente en la novela
Rosaura a las diez, por su autor, Marco Denevi, quien utiliza
tres narradores diferentes para desarrollar la historia, y
es el lector quien va armando, con los testimonios de esas
tres voces, la verdad de los hechos.
Pongamos por caso que decidimos contar
la historia de un conflicto entre un niño de siete
años y su madre. Si elegimos un narrador neutral, omnipresente,
podemos contar la historia en un lenguaje moderado, pero si
elegimos usar al niño como narrador (y con esto ganamos
inmediatez y aproximación del lector al relato) vamos
a tener que observar los detalles que sólo ese narrador
(un niño) podría detenerse a contar, y con la
forma usual y característica de una criatura. Si decimos:
Mi madre suele tener predilección por las mascotas.
Adora a los gatos siameses que ha comprado mi tía,
no estamos acertando con el narrador. Lo más probable
es que nadie nos crea que el que narra es un niño de
siete años. Tenemos que encontrar la forma en que el
narrador puede describir la “predilección”
de su madre. Quizá nos convenga ponerlo así:
A mi mamá le gustan los animales. No los que están
en el zoológico, porque dice que esos no son animales.
A ella le gustan los que viven en las casas. Y más
que nada le gustan los que tienen la pielcita suave, con la
punta de la cola negra, y los ojos amarillos, como los gatos
que están en lo de mi tía. Como puede verse,
aunque el asunto de la historia sea el mismo, cambia radicalmente
contado por un narrador particular. Pongamos otro ejemplo:
Un muchacho de 18 años, que relata sus peripecias en
la guerra de Malvinas. No podría decir jamás:
Fue horroroso. Recibí un impacto de bala en el muslo
derecho. Lo lógico es que hable con la forma de un
adolescente: Me dieron en la pierna, arriba de la rodilla.
Tanto si elegimos a un niño, a un extranjero, o a alguien
que empieza a beber en la primera página y termina
borracho en la página once debemos cuidar no sólo
el avance de la historia, el hilo narrativo, sino las formas
que usamos para expresarlo.
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