Los amigos que sólo ven virtudes en lo que escribo
podrán leerme con más calma cuando ya el libro
esté editado; los que son capaces de ver también
defectos, y de señalármelos, ésos son
los lectores que necesito antes.
Gabriel García Márquez
> ¿Cómo
se estructura un cuento?
> La estructura de un cuento
> La estructura de la novela
¿Cómo
se estructura un cuento?
Cuando sentimos esa imperiosa
necesidad de sentarnos a escribir un cuento o una novela pero
no sabemos por dónde comenzar, o la idea de lo que
queremos decir es algo fluctuante y difícil de ver
con claridad –situación que por lo general le
toca vivir al que da sus primeros pasos en el oficio- no debemos
entrar en pánico. Hay algo difuso que nos da vueltas,
quizá agarrado de una oración que nos conmueve,
hay una dirección hacia la que se quiere ir, pues bien:
partamos de esto. Pongámoslo en el papel si la ansiedad
no nos permite seguir elaborándolo mentalmente hasta
tenerlo más claro. Al escribirlo, nos damos cuenta
de que, de manera natural, agrupamos las palabras en oraciones,
las oraciones en párrafos, los párrafos en bloques
o partes. Esto es la estructura primaria o primitiva de un
texto. Primitiva en el sentido de inicial, el embrión
de nuestro relato. Las partes que lo componen y que se adecuan
a la modalidad narrativa en la que pretendemos amparar la
narración conformarán un esqueleto inicial.
En el caso de una novela y si no tenemos un plan de vuelo
a la manera de John Irving (ver PARA TENER EN CUENTA), aconsejo
empezar por cualquier lado, sin importar hacia dónde
vamos, por lo menos en las primeras cincuenta o sesenta páginas.
Es preferible tomar contacto con el mundo de los personajes
y las situaciones de las que vamos a hacernos cargo, antes
que dejarnos paralizar por la consideración de si el
texto que estamos por escribir será el capitulo inicial
de la novela o no. Es muy común que al avanzar en la
escritura nos demos cuenta de que hemos empezado a contar
antes o después de lo necesario, y lo que en un primer
momento fue Capítulo 1, termine siendo el párrafo
medio del capítulo 4, o un bollo de papel en el tacho
de basura. Antes de la página 100 se impone, claro,
analizar todo el material escrito y sentarnos a pensar hacia
dónde estamos yendo, hacia dónde nos han llevado
los personajes, qué queríamos contar en un primer
momento, qué queremos contar ahora, y si lo estamos
logrando. Allí también es momento de hacer una
lista o guía de hacia dónde encauzaremos lo
que siga, qué cosas faltan escribir para llegar al
final y qué cosas sobran. Esto es sólo una de
las formas posibles de sentarse a escribir una novela, pero
no la única. Pues hay autores que desde antes de sentarse
a poner la primera oración ya tienen la guía
mental o escrita de las sucesivas partes del futuro texto.
Todas las formas son válidas, cosa que no es tan así
en un cuento, donde por experiencia propia y ajena, sugiero
detener la marcha hasta no tener en claro hacia dónde
quiero ir, qué quiero contar, cuál es el asunto
que voy a narrar. Y una vez decidido esto debo comenzar por
contar lo que más se aproxima a ese nodo, después
siempre habrá tiempo para agregados. Pero por favor,
si quiero contar que un niño de escuela descubre a
su mejor amigo besando a su adorada compañerita de
banco y reacciona con crueldad, no empecemos el relato contando
qué hermoso mantel eligió la madre del niño
para servirle el rico desayuno que le preparó antes
de llevarlo a la escuela, a menos que este detalle tenga que
ver con los sucesos cruciales.
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La estructura de un
cuento
Tengamos también
presente que en la estructura del cuento clásico hay
tres partes fundamentales, en la primera abrimos el relato,
preparamos la acción, damos la información elemental
para que el lector sepa por ejemplo que el protagonista es
un perro al que le llaman El Viejo y no un anciano que tira
tarascones cuando se enoja. Fuera de broma, esto sucedió
en una de mis clases, donde uno de los autores supuso que
era divertido darle alas a esa confusión por lo que
los lectores nos pasamos casi tres páginas tratando
de entender cómo era que dejaban a ese loco suelto
y pensando qué inverosímil el relato, hasta
que en una de las oraciones finales se aclaraba el asunto.
Tarde, por supuesto. Eso es jugarle sucio al lector. Si se
quiere conseguir que el lector vaya por un rumbo de lectura
equivocado de antemano, para que la revelación final
lo sorprenda, esto debe hacerse mostrando elementos precisos
donde la ambigüedad juegue naturalmente a nuestro favor,
no mintiendo con descaro. Esto último sería
una mala utilización de los recursos, una burla. Cada
autor pensará con qué cartas juega para conseguir
ganar el partido, cuáles muestra primero y cuáles
guarda para después, pero el mazo debe estar sobre
la mesa. Tampoco puede el autor afirmar que si el cuento no
se entiende es por las pocas luces del lector. Ningún
libro viene con un diskette explicativo, o con el teléfono
del autor para que nos cuente qué quiso decir.
Poner información clara en la introducción no
quiere decir que pasemos revista a las características
de los personajes, o que detallemos obligatoriamente el sitio
donde ocurrirá el suceso, se trata de controlar que
cada frase tenga los elementos necesarios para que el lector
no siga pistas falsas. Dar los elementos para que la narración
pueda avanzar hacia donde queremos dirigir la acción
principal, el nodo conflictivo.
El cierre debe ser contundente, no alargarse en conclusiones
a modo de mensajes de autor o moralejas sobre lo que ha pasado.
Cerrar la narración en el momento preciso implica muchas
veces quitar esas oraciones donde el propósito del
autor sobre lo que debería “entender” el
lector se hace evidente. Todo lo que puede expresar un cuento
está en la escritura del cuento no en la intención
que el autor haya tenido al narrarlo.
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La
estructura en la novela
En la novela, y siempre refiriéndonos a una estructura
básica, también hay una parte de presentación
de los personajes y situaciones, lo que se dice abrir las
líneas del relato, comenzar a acercar al lector a ese
mundo que se nos ha ocurrido mostrar, recortándolo
de la inmensidad de mundos posibles. En la parte media toda
esas líneas estarán en juego y bailarán
y se enroscarán por aquí y por allá,
formando una urdimbre particular, y después habrá
que ir tomándolas nuevamente con firmeza, para juntarlas
antes del desenlace. Por lo dicho salta a la vista que hay
momentos estructurales en toda obra y que conviene tenerlos
en cuenta. Si estamos ya trabajando en el nudo de la historia
y hemos contado los conflictos que involucraron a tres personajes,
si ya estamos comenzando a jugar el desenlace, no es aconsejable
la aparición de un cuarto salvo que se haya preparado
desde el inicio de la obra la expectativa hacia su presencia.
Del mismo modo si le doy espacio a un personaje en la primera
parte, si lo acerco al lector, si le doy participación
en el mundo, no lo puedo olvidar como se olvida un diario
ya leído en el asiento del tren. Debo al menos, cerrar
esa vida con una “muerte digna”, y esto no quiere
decir que deba matarlo inventando una cardiopatía o
un crimen pasional, sino indicar de un modo preciso cómo
se aparta ese personaje de la historia que nos ocupa.
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