> Analizar en los
textos que tengamos ya escritos la estructura que le hemos
dado, buscando los tres momentos básicos de la narración
y, dentro de ellos, los datos e información que los
definen como instancias tales. Si no los encontramos,
rescribir el relato apuntando a que cada una de las partes
responda a las necesidades de la apertura, el medio o el cierre.
Es probable que al hacerlo, nos demos cuenta por ejemplo,
de la cantidad de información que habíamos ubicado
en la parte nodal de la historia, cuando podríamos
haberla suministrado en un par de líneas al comienzo
del relato. O quizá, descubramos que uno de los elementos
importantes del final, se anticipa innecesariamente en la
apertura del texto.
> Contar un hecho dramático que nos haya
tenido por protagonistas en la infancia. Después
de terminar el relato guardarlo durante varios días,
sin leerlo. Al volver a hacerlo tratar de buscar el momento
clave de la historia, ese que hizo que desatarse lo peor.
Volver a contar la historia comenzando desde allí.
Muchas veces al escribir nuestras primeras historias preparamos
demasiado el terreno antes de largarnos a contar lo que verdaderamente
importa. En este ejercicio es probable que descubramos que
a la innecesaria dedicación a este empeño le
seguimos llamado apertura.
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