"Las novelas tienen la obligación de ser más
creíbles que la realidad para funcionar... Reagan y
Bush serían pésimos personajes porque nadie
se los creería...”
John Irving
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de novela
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Cuando las descripciones
sobran
Es bastante común que los autores novatos
comiencen un relato haciendo una introducción o descripción
del estado de ánimo que les llevó a contar la
historia que van a relatar. Y ponen en esta introducción
una serie de elementos descriptivos de sus emociones. Por
ejemplo: Quince años después de lo sucedido
aquella madrugada me encuentro con la necesidad de contar
lo que pasó. Y aunque durante varias noches de insomnio
traté de evitar el recuerdo, me siento ahora frente
al papel y comienzo, sin poder evitarlo: Esa madrugada yo
había estado bebiendo... Y allí, recién
después de los dos puntos, se larga el relato en cuestión,
relato que en ningún momento vuelve al presente con
el que se inició, a ese día o noche en la que
el narrador se ve en la necesidad de contar la historia. El
lector, posiblemente, e influido por esa introducción,
espere durante toda la lectura la vuelta al presente, para
ver de qué forma modificó aquella historia al
protagonista. Pero no hay vuelta, y el relato entonces queda
con un pie sumergido en un presente falso cuando podría
nadar sin ahogarse en esa madrugada pasada. Decimos entonces
que en ese texto sobra la introducción. Se ha arrojado
una pista falsa al lector, que lastima la tersura y redondez
de la historia.
En narrativa no hay que explicar por qué se cuenta
lo que se cuenta, salvo que lo exija el mismo relato, la elección
de un tipo de narrador que mantenga un cierto vínculo
con el lector y a él le brinde sus razones. Pero si
éste no es el caso, es mejor pescar a los personajes
en su actuar o decir que describir previamente cómo
actuaban o hablaban.
Por eso la descripción de un personaje, o un escenario,
tendrá sólo los elementos indispensables para
la comprensión de la historia, y dejará la posibilidad
al lector para que complete, con su imaginación y vivencias,
todo aquello que no se le impone, pero se le sugiere.
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Decir
lo sustancial, callar el resto.
Una “regla” sencilla que por
lo general se invierte en sus términos. Que vale tanto
para las descripciones como para las acciones. En los textos
sin consistencia ni elaboración, los datos importantes,
los que construyen al personaje o la situación, no
se revelan, y sí se exponen los canjeables, los que
pueden faltar sin modificar el conflicto o la historia.
Ocurre también que estos datos fundamentales permanecen
muchas veces ocultos, sin intención (que no es lo mismo
que organizar su aparición con alevosía, ir
soltando pistas dentro de la estructura de la historia, a
fin de mantener en vilo al lector y potenciar el dramatismo
y la tensión del relato). ¿A qué nos
referimos cuando decimos ocultos sin intención?
A un error frecuente cometido por el autor que bien se ha
empeñado en conocer y profundizar en la vida del personaje.
Tanto ha sido su acercamiento a esa existencia imaginada que
pierde de vista que todo ese proceso de intimidad se ha dado
en su mente, y que lo que conoce o conocerá el lector,
de toda esa vida inventada, será sólo una parte.
Por consiguiente, puede olvidar “el pequeño detalle”
de contar de quién está hablando.
Pero en la mayoría de los casos, la guarda de los datos
es adrede con una intención equívoca: para que
el lector los adivine (como si el lector estuviera apostando
por su sagacidad). Y entonces se retacean datos importantes
y los superfluos aparecen con generosidad provocando el deseo
en el lector de saltearse información para ir a lo
concreto, es decir, avanzar en la narración, saber
qué pasa. A nadie le gusta perder tiempo en pavadas.
Si yo tengo un personaje que tiene setenta años, lo
principal es presentarle al lector un personaje que tiene
setenta años, o por lo menos alguien que no es un muchacho,
o un hombre joven, o un niño, aunque este hombre de
setenta años esté recordando en el relato los
días de su infancia. Pero a veces esto no se dice y
en cambio se describe que su nariz es, grande, aguileña,
o respingada, que tiene ojos verdes o marrones, o con motitas
doradas en el iris, que se llama Horacio, Guillermo, o Maculán.
La regla sería: hay que contar lo que se debe contar
y obviar lo superfluo. Qué sencillo parece. No lo es.
Son muchos los relatos en los que, por ejemplo, se nos describe
al personaje en sus señas fisonómicas pero no
se nos dice que era un tímido patológico, por
lo que nos pasamos la mitad del relato pensando por qué
este tipo tiene estas reacciones increíbles como dejar
a toda su familia esperándolo en la casa la noche de
su cumpleaños. Ah, pero es que se trata de un hombre
re-tímido, no soporta la atención puesta sobre
él, es capaz de no recibir una carta porque le da vergüenza
firmar en la planilla delante del cartero, lo que pasa es
que cuando él estaba en tercer grado tuvo que hacer
el papel de prócer delante de toda la escuela y cuando
levantó el sable...y nos cuenta la historia desopilante
de ese hombre, historia que sólo figura en la imaginación
del creador y a la que jamás hizo mención en
el texto. Volvemos a insistir: ningún libro viene con
el disquete explicativo, y es tarea del autor tomar la mano
del lector y guiarlo por toda la historia, no largarlo en
un bosque oscuro y decirle: Bueno fijáte bien porque
en algún lado va a estar lo principal, vos tenés
que estar atento a cada ruido, a cada pista. Eso no es
literatura, eso es sadismo.
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Los
excesos dejan al lector afuera.
Hernán tenía 24 años,
el cutis suave y una pequeña barba candado que daba
a su aspecto general un aire serio, de estudiante aplicado.
Cursaba abogacía en la universidad estatal, vestía
siempre con remeras y jeans y llevaba zapatillas de buena
marca, pero ese día apareció con un saco cruzado,
de color azul, sobre unos pantalones color gris de franela,
bien planchados, una corbata al tono, y sus zapatos abotinados
brillaban. Los ademanes y movimientos de Hernán parecían
torpes e inseguros, como si no le gustara el atuendo que llevaba.
Se dirigió a la oficina de... Si tengo preparada
una descripción como esta para hablar de un personaje
debería preguntarme si es importante que mi personaje
tenga veinticuatro años o veintitrés, si es
importante que estudie abogacía o comercio exterior,
si es importante que su barbita sea candado, en fin, debería
pensar con cuidado cada elemento descriptivo, quizá
finalmente mi relato lleve esta descripción: Hernán
no iba vestido como siempre -esa forma casual, cómoda,
de los estudiantes universitarios aplicados-, ese día
se presentó con un traje impecable que, sin embargo,
parecía delatarlo en su incomodidad.
Se calla lo obvio, pues, a menos que lo señale expresamente,
nadie va a imaginar a un universitario como un hombre de cincuenta
o sesenta años, por lo general suele asociarse a la
idea de universitario a un muchacho joven. La barba candado
era simplemente un detalle para mostrar que era estudioso,
pero puede decirse lo mismo sin barba, y en cuanto a los detalles
de vestuario, seguro que el imaginado por el lector en la
segunda descripción no estará muy lejos de la
del primer caso.
La diferencia entre una y otra descripción será
(además de una economía narrativa saludable)
que en el segundo texto, el que lee está invitado a
meter en el papel de Hernán, a todos los universitarios
aplicados que ha visto en su vida, vestirlo con el traje que
recuerda haber calificado alguna vez con el mote de impecable,
etc, etc.
Menos es más en literatura, y esto vale tanto
para las descripciones como para los diálogos, pero
este tema será el que nos ocupe la próxima clase.
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