Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 10 - Lo que hay que saber

"Las novelas tienen la obligación de ser más creíbles que la realidad para funcionar... Reagan y Bush serían pésimos personajes porque nadie se los creería...”
John Irving



> Personajes de novela


> Conocer a los personajes para poder contarlos



> Personajes principales y secundarios



Cuando las descripciones sobran

Es bastante común que los autores novatos comiencen un relato haciendo una introducción o descripción del estado de ánimo que les llevó a contar la historia que van a relatar. Y ponen en esta introducción una serie de elementos descriptivos de sus emociones. Por ejemplo: Quince años después de lo sucedido aquella madrugada me encuentro con la necesidad de contar lo que pasó. Y aunque durante varias noches de insomnio traté de evitar el recuerdo, me siento ahora frente al papel y comienzo, sin poder evitarlo: Esa madrugada yo había estado bebiendo... Y allí, recién después de los dos puntos, se larga el relato en cuestión, relato que en ningún momento vuelve al presente con el que se inició, a ese día o noche en la que el narrador se ve en la necesidad de contar la historia. El lector, posiblemente, e influido por esa introducción, espere durante toda la lectura la vuelta al presente, para ver de qué forma modificó aquella historia al protagonista. Pero no hay vuelta, y el relato entonces queda con un pie sumergido en un presente falso cuando podría nadar sin ahogarse en esa madrugada pasada. Decimos entonces que en ese texto sobra la introducción. Se ha arrojado una pista falsa al lector, que lastima la tersura y redondez de la historia.
En narrativa no hay que explicar por qué se cuenta lo que se cuenta, salvo que lo exija el mismo relato, la elección de un tipo de narrador que mantenga un cierto vínculo con el lector y a él le brinde sus razones. Pero si éste no es el caso, es mejor pescar a los personajes en su actuar o decir que describir previamente cómo actuaban o hablaban.
Por eso la descripción de un personaje, o un escenario, tendrá sólo los elementos indispensables para la comprensión de la historia, y dejará la posibilidad al lector para que complete, con su imaginación y vivencias, todo aquello que no se le impone, pero se le sugiere.

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Decir lo sustancial, callar el resto.

Una “regla” sencilla que por lo general se invierte en sus términos. Que vale tanto para las descripciones como para las acciones. En los textos sin consistencia ni elaboración, los datos importantes, los que construyen al personaje o la situación, no se revelan, y sí se exponen los canjeables, los que pueden faltar sin modificar el conflicto o la historia.
Ocurre también que estos datos fundamentales permanecen muchas veces ocultos, sin intención (que no es lo mismo que organizar su aparición con alevosía, ir soltando pistas dentro de la estructura de la historia, a fin de mantener en vilo al lector y potenciar el dramatismo y la tensión del relato). ¿A qué nos referimos cuando decimos ocultos sin intención? A un error frecuente cometido por el autor que bien se ha empeñado en conocer y profundizar en la vida del personaje. Tanto ha sido su acercamiento a esa existencia imaginada que pierde de vista que todo ese proceso de intimidad se ha dado en su mente, y que lo que conoce o conocerá el lector, de toda esa vida inventada, será sólo una parte. Por consiguiente, puede olvidar “el pequeño detalle” de contar de quién está hablando.
Pero en la mayoría de los casos, la guarda de los datos es adrede con una intención equívoca: para que el lector los adivine (como si el lector estuviera apostando por su sagacidad). Y entonces se retacean datos importantes y los superfluos aparecen con generosidad provocando el deseo en el lector de saltearse información para ir a lo concreto, es decir, avanzar en la narración, saber qué pasa. A nadie le gusta perder tiempo en pavadas. Si yo tengo un personaje que tiene setenta años, lo principal es presentarle al lector un personaje que tiene setenta años, o por lo menos alguien que no es un muchacho, o un hombre joven, o un niño, aunque este hombre de setenta años esté recordando en el relato los días de su infancia. Pero a veces esto no se dice y en cambio se describe que su nariz es, grande, aguileña, o respingada, que tiene ojos verdes o marrones, o con motitas doradas en el iris, que se llama Horacio, Guillermo, o Maculán. La regla sería: hay que contar lo que se debe contar y obviar lo superfluo. Qué sencillo parece. No lo es. Son muchos los relatos en los que, por ejemplo, se nos describe al personaje en sus señas fisonómicas pero no se nos dice que era un tímido patológico, por lo que nos pasamos la mitad del relato pensando por qué este tipo tiene estas reacciones increíbles como dejar a toda su familia esperándolo en la casa la noche de su cumpleaños. Ah, pero es que se trata de un hombre re-tímido, no soporta la atención puesta sobre él, es capaz de no recibir una carta porque le da vergüenza firmar en la planilla delante del cartero, lo que pasa es que cuando él estaba en tercer grado tuvo que hacer el papel de prócer delante de toda la escuela y cuando levantó el sable...y nos cuenta la historia desopilante de ese hombre, historia que sólo figura en la imaginación del creador y a la que jamás hizo mención en el texto. Volvemos a insistir: ningún libro viene con el disquete explicativo, y es tarea del autor tomar la mano del lector y guiarlo por toda la historia, no largarlo en un bosque oscuro y decirle: Bueno fijáte bien porque en algún lado va a estar lo principal, vos tenés que estar atento a cada ruido, a cada pista. Eso no es literatura, eso es sadismo.

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Los excesos dejan al lector afuera.

Hernán tenía 24 años, el cutis suave y una pequeña barba candado que daba a su aspecto general un aire serio, de estudiante aplicado. Cursaba abogacía en la universidad estatal, vestía siempre con remeras y jeans y llevaba zapatillas de buena marca, pero ese día apareció con un saco cruzado, de color azul, sobre unos pantalones color gris de franela, bien planchados, una corbata al tono, y sus zapatos abotinados brillaban. Los ademanes y movimientos de Hernán parecían torpes e inseguros, como si no le gustara el atuendo que llevaba. Se dirigió a la oficina de... Si tengo preparada una descripción como esta para hablar de un personaje debería preguntarme si es importante que mi personaje tenga veinticuatro años o veintitrés, si es importante que estudie abogacía o comercio exterior, si es importante que su barbita sea candado, en fin, debería pensar con cuidado cada elemento descriptivo, quizá finalmente mi relato lleve esta descripción: Hernán no iba vestido como siempre -esa forma casual, cómoda, de los estudiantes universitarios aplicados-, ese día se presentó con un traje impecable que, sin embargo, parecía delatarlo en su incomodidad.
Se calla lo obvio, pues, a menos que lo señale expresamente, nadie va a imaginar a un universitario como un hombre de cincuenta o sesenta años, por lo general suele asociarse a la idea de universitario a un muchacho joven. La barba candado era simplemente un detalle para mostrar que era estudioso, pero puede decirse lo mismo sin barba, y en cuanto a los detalles de vestuario, seguro que el imaginado por el lector en la segunda descripción no estará muy lejos de la del primer caso.
La diferencia entre una y otra descripción será (además de una economía narrativa saludable) que en el segundo texto, el que lee está invitado a meter en el papel de Hernán, a todos los universitarios aplicados que ha visto en su vida, vestirlo con el traje que recuerda haber calificado alguna vez con el mote de impecable, etc, etc.
Menos es más en literatura, y esto vale tanto para las descripciones como para los diálogos, pero este tema será el que nos ocupe la próxima clase.


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Lo que hay que saber

Para tener en cuenta


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