Fundación Avon
 
Taller Virtual de Iniciación a la Narrativa
Clase 1 - Lo que hay que saber

-Usted dijo que la experiencia, la observación y la imaginación son importantes para el escritor. ¿Incluiría usted la inspiración?
-Yo no sé nada sobre la inspiración, porque no sé lo que es eso. La he oído mencionar, pero nunca la he visto.

William Faulkner
Premio Nobel de Literatura 1949


¿Y de qué hablamos cuando hablamos de narrativa?

¿En qué se diferencian cada una de las modalidades narrativas?

¿A qué le llamamos nouvelle?

¿Y el microcuento?


¿Y de qué hablamos cuando hablamos de narrativa?

Esta es una pregunta que también suelen hacerme en muchas de estas entrevistas cuando explico que este no es un taller de poesía, ni de teatro, y que, si la intención es la de aprender a componer buenos versos, o una pieza de dramaturgia, han equivocado la puerta.
La narrativa tiene cuatro modalidades básicas, que algunos especialistas denominan géneros, las dos más difundidas: cuento y novela, y las menos: microcuento y nouvelle A los cuentos también suele llamárselos relatos, a los microcuentos, microrrelatos, o microtextos, o cuentos breves, o brevísimos. Pero volvamos a la categorización del principio. Cada una de estas modalidades impone al autor una actitud narrativa diferente. No es lo mismo decidir escribir un cuento, que una novela, o un microcuento. Hay oportunidades en las que el material mismo, el contenido de la idea, sugiere la forma. Y entonces es claro: uno dice Voy a escribir una novela en la que suceden tales y tales cosas, y en la que los personajes hacen esto y esto y lo otro. Pero también hay ocasiones en las que la idea que uno empezó considerando un cuento, pide, al ser volcada en la página, tener tratamiento de novela. Ahí interviene el oficio, el saber apreciar cuándo un contenido precisa de otra forma. Y ahí, entonces, necesitaremos de una estructura adecuada. De todas estas cuestiones vamos a ir ocupándonos en el transcurso de estas clases, con ejercicios pautados para poner en práctica lo analizado, lecturas sugeridas, etc. Pero no nos adelantemos, volvamos a las categorías narrativas: cuento, novela, microcuento y nouvelle.

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¿En qué se diferencian cada una de las modalidades narrativas?

Sería fácil decir: un cuento es un texto que tiene entre tres y quince páginas, aunque algunos llegan a veinte, treinta o cuarenta; una novela tiene más de cien; un microcuento una o dos; y entre la novela y el cuento estaría ubicada la nouvelle. Sería fácil pero falso, o en el mejor de los casos, inexacto. Porque definir a estos géneros por sus medidas o acomodarlos en parámetros es caer en arbitrariedades. A medida que nos adentramos en el oficio vamos descubriendo matices, y los límites entre las modalidades (siempre refiriéndonos a medidas) comienzan a borronearse, lo que complica el asunto. Así que vamos a tratar de aclarar la cuestión no por su mensurabilidad sino desarrollando las diferencias fundamentales entre cada uno de los géneros. Porque de allí vendrá luego la elección de la estructura que más convenga a lo que queremos escribir.

Hablamos de cuento en la más clásica de sus acepciones cuando estamos frente a un texto en prosa en el que sucede algo, un determinado conflicto se abre, se muestra y se cierra en el trascurso de unas pocas páginas. No importa si ese conflicto, ese algo que sucede, le ocurre a una persona, a una rata, a una pintura de Chagall, o incluso a una civilización remota. Algo sucede, y “eso” que sucede ocurre en el texto, en esa cantidad acotada de palabras o páginas. Y cierra. Aunque el cierre, en muchas ocasiones sea el abrir una nueva dimensión, o el continuar indefinidamente. Por lo general en un cuento es más importante el qué, que el a quién, es decir: al escribir un cuento hacemos foco en un suceso determinado, en un conflicto que se resuelve (o no, pero esto, como ya lo veremos oportunamente, es también un modo de resolución) en una cantidad moderada de páginas.
Para mostrarlo con un ejemplo voy a apelar a uno de mis cuentos: se trata de Felicidad. La idea de este cuento, previa a su escritura, era la reacción inesperada (feroz para algunos) de una madre frente a un suceso desgraciado. Un suceso - una reacción. El personaje que encarnaba esa idea era una madre, bien, pero qué sabría el lector del cuento acerca de esa madre: poco. Ni siquiera su edad, su nombre, su profesión, su fisonomía importaban. El suceso era más interesante que el perfil de los personajes a quienes les ocurría ese suceso. Todos los datos que hay en el cuento están en función de sostener la idea, de construirla, de armar la sustancia que provoque ese estallido. Es posible que a veces la idea se presente con el esbozo de un personaje (o varios) que la actúan, también puede ser atisbada en la contundencia de una frase que nos impacta, pero por lo general, si no hay suceso, conflicto, o asunto que lo mueva, estar frente a un buen personaje no garantiza la posibilidad de estar frente a un gran cuento.

Quizá estemos, sí, frente a un buen material para novela. Y esto generalizando, claro, no pretendemos dictar aquí la receta magistral de la literatura, porque no hay recetas, sólo aproximaciones más o menos acertadas, traspaso de experiencias, recopilaciones de ideas que pueden ayudar al que se inicia en la tarea. Aunque la mejor fórmula para encontrarse ejercitando el oficio es justamente, escribiendo sin parar, con calor y con frío, a pesar de las circunstancias variables que tocan a nuestra puerta. Pues, por más instrucciones inteligentes, teorías novedosas, análisis brillantes que se brinden, no habrá ni siquiera percepción del oficio para el que no siente a escribir con regularidad. Puedo verter aquí una concepción del oficio, la mía. Puede haber muchas, como tantos escritores haya en el universo. Aunque cuando se trata de procedimientos, y con las excepciones de toda regla, existe, ente todos los que practicamos este fascinante oficio una coincidencia esencial: hay algo que capta nuestra mirada, algo que se recorta en la infinitud de experiencias, visiones, sueños y palabras que nos rodean o que llevamos dentro, y ese algo nos pide ser registrado, nos pide nacer. Si contamos con las herramientas y los recursos adecuados, y estamos dispuestos a trabajar sin claudicaciones, ese algo puede convertirse en una pieza literaria, y liberarnos, por fin, de su tiranía.

Pero volvamos al tema que nos ocupa: las modalidades de la narrativa. En la novela, el personaje también puede ser una rata, una civilización, o una madre que tiene a su hijo internado en un hospital, pero hay una ligazón insoslayable entre los sucesos y la transformación de ese personaje. El foco está puesto, más que en el qué, en el a quién le sucede. Y para conocer a ese quien, debemos acercarnos a su historia, conocer sus reacciones, su forma de ver el mundo. Si en el cuento el protagonista puede ser un vecino, alguien de quien no conocemos más que lo que le sucedió una mañana y del que, a partir de esa mañana, imaginamos casi todo, en la novela ese vecino va a terminar siendo un amigo nuestro, tan estrecho será el contacto con su intimidad a lo largo de una cantidad considerable de páginas. Y para que ese devenir, ese destino particular, permanezca en el interés del lector, debemos apelar a reglas estructurales que distan mucho de las usadas al escribir un cuento, porque no será solo una sucesión de cuentos con el mismo protagonista lo que el lector considere novela, no es una suma mayor de páginas lo que diferencia a un género de otro, sino la estructuración de esos sucesos en relación directa con la transformación (o la no transformación, que en este caso significa lo mismo) de ese o esos personajes. Por poner sólo un ejemplo de abordaje formal del contenido: en una novela convencional, al saltar de un capítulo al otro debemos dejar en suspenso el cierre, cada tramo abre, no clausura, como lo hace el final de un cuento. Tampoco es la permanencia en el tiempo que transcurre en sus páginas lo que hace que un texto sea novela o cuento. Veamos sino el caso de Ulises, de James Joyce, una de las novelas más estudiadas de toda la historia de la literatura. Transcurre en sólo un día de la vida del protagonista. Y para sumarle un ejemplo relativamente reciente: la novela de Ian McEwan, Sábado. También transcurre en un día, y el suceso o los sucesos que la construyen son acontecimientos que pueden ocurrirle a muchos de los habitantes de una ciudad moderna, sólo que habiéndole ocurrido a ese personaje en particular cada uno de esos sucesos cobra una dimensión extraordinaria.

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¿A qué le llamamos nouvelle?

El de nouvelle es un concepto que a mi juicio tiene más que ver con el formato, o la consideración editorial. Generalmente, cuando el texto que nos ocupa tiene las características mencionadas para la novela pero no llega a tener una extensión mayor a las noventa o cien páginas, se habla de nouvelle. Sería una novela corta, podrían decirme ustedes, y les diría que sí claro, aunque en muchas ocasiones se han publicado cuentos largos bajo el título de nouvelles, para hacerlos entrar en colecciones editoriales determinadas, y sería demasiado extenso tratar de discernir acá lo acertado o desacertado de estas decisiones. Baste saber entonces que cuando nos referimos a nouvelle nos estamos refiriendo a una novela de entre cuarenta y cien páginas aproximadamente.

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¿Y el microcuento?

La mayoría de las personas que asisten por primera vez a un taller, o aún aquellos que lo vienen haciendo con algo de regularidad, desconocen la ardua tarea de escribir un microcuento. Por ahora, puedo escribir sólo cuentos dicen, para escribir novela me falta mucho. Y ponen, con estas palabras más o menos, la modalidad de la novela en el pedestal más alto del oficio narrativo, equivocando categóricamente el juicio. Porque si al escribir un cuento nos adentramos en el peligrosísimo y delicado equilibro del lenguaje, la forma y el contenido, el género mircocuento, que ya ha alcanzado por suerte suficiencia narrativa entre los escritores y críticos literarios, pide un exquisito y diestro manejo del texto, de la idea, de la estructura, y esto se debe en gran parte a la siguiente ecuación: a mayor extensión de texto mayor soporte de deslices o errores en párrafos, menor daño en el resultado final. Digámoslo con un ejemplo burdo, pero claro: Si soy un director cinematográfico y debo filmar una escena con 200 actores, puedo despreocuparme por la mala actuación de una docena de ellos, o aún de la inasistencia a la escena de un puñado de irresponsables. Si tengo que filmar una escena con cinco o diez actores, ya la mala actuación de uno de ellos será evidente en el resultado. Pero si la escena requiere la actuación de uno solo de esos actores, y ese día el actor se presenta con un orzuelo, o con una tortícolis, o una resaca, no hay quien me salve del fracaso. Ahora cambiemos Filmar por escribir. Escena por texto. Actores por páginas. Cambiémoslo por párrafos. Y entonces vamos a ver que la pericia necesaria para escribir un microcuento se vuelve no sólo necesaria sino excluyente. La concisión de la idea, el ritmo increíblemente ajustado, la punzada de asombro o desconcierto que debe dejar el remate de una de estas joyas literarias hacen del microcuento un género verdaderamente difícil, que lógicamente, no requiere del largo aliento con que se aborda la escritura de una novela, pero implica otra capacidad tan escasa en los picaflores de oficio: la rigurosidad. Un microcuento puede consistir en un solo párrafo, o dos o tres, la mayoría de los microcuentos no pasan de una página de largo. Y hay notables maestros en este arte, complicado como pocos. Es la idea lo que sustenta el microcuento. Casi una idea narrada. Veamos este microcuento que escribió Ana María Shua (en Antología del cuento fantástico argentino contemporáneo):

Creación V- Lo que ha hecho el niño

La madre está orgullosa. ¡Desde tan pequeño! ¡Y con los materiales de la caja de juguetes! Para cuando el padre vuelve del trabajo, lo ha colgado del techo en el cuarto principal, con los otros, y no se ve mal (considerando su edad) junto a los del padre y el abuelo. Como es lógico, a medida que se aleja uno del centro caliente del amor, la admiración por la obra del niño se atenúa. Los padres se felicitan entre ellos y se jactan ante los demás, a la familia le parece muy bien, los vecinos sonríen comprensivos: más allá, por supuesto, nadie se entera.
Pero han pasado ya muchos años, y a sus habitantes, Señor, nos sigue pareciendo un capricho infantil, tan elemental, tan precario, recuérdanos ahora que has crecido.

Vemos cómo en un puñado de palabras la autora instala la concepción de una idea feroz sobre el universo. Y la pista nos la dan cuatro términos; a sus habitantes, Señor. Sólo cuatro palabras hacen girar violentamente el significado de todo el párrafo anterior, otorgándole una cualidad ontológica, y después, una sola oración traduce el ruego desesperado de la raza humana. Y todo esto sin perder la ironía y el humor característicos de su prosa.

Veamos ahora un cuento brevísimo de Julio Cortázar:

AMOR 77
Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.
 

¿Seguimos pensando que la novela es el arte supremo de la narrativa?


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