Concursos Interamericanos de Cuento y Poesía 2008
Ganadoras 2008
Mención
Concurso Interamericano de Cuento Espacio Avon 2008
Una grapa, dos grapas
María José Punte
De pronto estaba ahí, sentada en la barra de ese bar perdido en un barrio no tan inusual. Llevaba una polera negra, con un pantalón negro, zapatos estilo mocasin negros y un humor negro. No llevaba ni ganas de hablar ni mucho menos ganas de ser cortés. Pero él se sentó igual. No sabía lo que le esperaba. Muy inconsciente, como la mayoría. Sobre todo muy concentrado en lo suyo. Vio como ella se pedía una grapa. De hecho ya la había pedido antes de que él se sentara. Vio entonces como se la tomaba. No de un saque. Pero sí con fruición y con cierta rabia. Es decir, sin tragarla, pero con ansiedad. Esto lo confundió un poco porque él se acercaba con la mejor intención de felicitarla y tal vez de comenzar una conversación. La admiraba. Había admirado, aunque con padecimiento, la obra que ella había escrito y que ahora se presentaba por penúltima vez en el teatro que estaba a la vuelta del bar. Por eso lo confundía esa grapa tomada sin humor. Sin lentitud. Sin una sonrisa satisfecha de tarea cumplida. Las críticas habían descubierto un nuevo talento. El teatro se había llenado en las últimas funciones desde que todos habían podido comprobar que la pieza valía la pena y los treinta pesos. La obra en cuestión era densa. No cabía la menor duda. Podía ser considerada una pieza de cámara. Todo sucedía en un cuarto negro, cerrado, asfixiante. La sala en sí era chica. Pero no era ése el punto. Habría sido igual de asfixiante si la hubieran puesto en escena en un teatro más grande de los del centro. Al menos parte del objetivo de la puesta habría tenido que ser el de recrear la atmósfera opresiva y clausurada de la pieza. No se refería sólo al texto sino también al lugar físico en donde se desarrollaba la obra. Era una pieza también. Porque la obra trataba, dicho así rápidamente, de una mujer enferma que ya no esperaba más de la vida, sino la muerte. La enfermedad era cáncer. Una enfermedad muy de nuestro tiempo. Aunque no creo que nadie se anime a admitirlo, porque como al fin y al cabo es una enfermedad habitual y tan poco romántica, nadie la elegiría como representativa de nuestro tiempo. Si la autora la había erigido en metáfora, podría ser. Ella misma lo había confirmado en una entrevista que le habían hecho para el canal cultural. Que el cáncer funcionaba para ella como metáfora de una sociedad que condenaba al otro a la soledad y al encierro. Así había dicho. A la autodevoración. Cuando se refería al otro, era el Otro con mayúsculas, lo que equivaldría a los otros, digamos a los demás que no somos cada uno de nosotros mismos. Que el cáncer podría ser visto, por otro lado, como la corrosión que sufre cada persona con el paso de los años y de las experiencias frustradas. Limitado a ese plano individual, que no descartaba la otra interpretación social y colectiva, la historia era factible de ser trasladada a cada ser humano. Una historia universal. Aunque no había que perder de vista que la protagonista era efectivamente una mujer. Y este dato no resultaba casual. Era esencial a la historia. Por la situación real de la mujer en el contexto de la cultura presente, del nuevo siglo. Incluso si se hacía referencia a la cultura occidental que se creía tan abierta y tan emancipada. El camino por recorrer todavía era vasto y arduo, y éste podía ser también un tema de discusión presente en el texto. No se descartaba por lo tanto, una crítica a la sociedad organizada sobre los intereses sectoriales de los especímenes del sexo masculino, que condenaba en la práctica a las mujeres a esa condición que describía la obra. El aislamiento, sobre todo, y su consecuencia, la castración. La enfermedad aludía a esa castración porque el cáncer que corroía a la protagonista y la condenaba a la muerte era cáncer de útero. Por lo tanto, no sólo a la muerte sino también a la esterilidad. La metáfora, como toda metáfora, era ambigua y amplia. Se disparaba en todas direcciones. Estábamos frente a un texto abierto que hablaba desde todas estas perspectivas, y a la vez separadamente. Dependía, desde todo punto de vista, del espectador la elección de cada una de estas facetas, ya fuera la social, la individual o el tema del género. Tal vez allí habría radicado entonces la buena acogida por parte del público, lo cual planteaba desafíos futuros que todavía ella no estaba en condiciones de evaluar. Así había dicho la novel autora en esa entrevista. Pero todavía los desafíos parecían encontrarse bastante lejos de esa barra, de ese bar, de esa esquina. El único desafío presente era tomar una segunda grapa que ya el mozo traía con una sonrisa comprensiva y algo divertida bailándole en alguna parte de la cara.
Él, por su parte, se sentó en el taburete que estaba libre al lado de ella. No había mucha gente en el bar, aunque serían las ocho de la noche. No sabía del todo en qué dirección encarar el diálogo. Como no tenía ninguna intención de levante, eso lo cohibía. Además, era algo tímido. Pero sobre todo, le hubiera producido mucha vergüenza quedar como uno de esos tipos que arremeten en cuanto ven a una mujer sola con cara de morder vidrio y tomando una grapa tras otra. Comenzó por sentarse y acomodarse en lo alto de ese banquito algo inestable. Ella no tuvo más remedio que mirarlo, sobre todo porque estaba colocada en posición algo transversal con respecto a la barra del bar, en una postura por la que apoyaba el brazo izquierdo sobre la barra mientras que sus pies apuntaban hacía la derecha. Se colocaba por consiguiente mirando hacia la ventana del local, que se abría generosa en una de esas primeras noches primaverales, todavía frescas pero ya prometedoras. Después de haberse sentado, encaramándose de la manera más natural posible sobre el banquito, él acomodó el bolso que le colgaba del hombro derecho y se le apoyaba en la cadera izquierda, y que por lo tanto lo balanceaba en la dirección opuesta a la ventana, a la que le daba la espalda. Esto le generaba la sensación de estar más desprotegido aún frente a esa mujer oscura y obviamente malhumorada. Mal día para saludos obsecuentes, pensó. Pero también se dio cuenta de que no tenía por qué ser obsecuente, y que bien podía sólo decir lo que tenía para decir y luego marcharse, como en los boleros. De modo que respiró hondo, sonrió un poco, se alisó el pelo algo desordenado con la mano izquierda, y se presentó. No fue tan terrible. Ella sólo había llegado a mojarse los labios en el borde tosco del vasito de grapa. Luego se los había vuelto a mojar con la lengua otro poco, tal vez para alargar el placer de la grapa, ese sabor algo amargo y vulgar. Antes de que llegara como un torrente sanguíneo a la boca del estómago y se golpeara con el fondo, igual que una ola que rompe contra la zona de la playa, que por cumplir esa función con fidelidad es denominada por el lenguaje común, rompiente. Aunque eso no tenga lógica. Porque al fin y al cabo, quién rompe a quién. Bien podría pensarse que la que rompe es la ola, que viene y viene, una y otra vez, siguiendo esa rutina agobiante y sempiterna. Además se podría concluir que el nombre no es el más indicado, porque la playa no rompe nada. La que se rompe en mil esquirlas de espuma es la ola. Pero se rompe solita, sin que la manden. Aunque bien mirado, tal vez no sea el objetivo de la ola romperse. Tal vez sólo quiera acariciar a la playa, besarla con un beso largo y húmedo, pasando una lengua arrugada por esa superficie tan necesitada de caricias. Y la playa la rechaza, claro, porque le molesta esa insistencia. Con lo que volvemos al principio, porque la playa debe pensar que qué rompe que es esa ola. Y bueno, así por los siglos de los siglos. Probablemente esté bien adjudicado el nombre y se terminó la discusión.
La grapa brilla ocupando los dos tercios del vasito ése medio tosco pero de aire auténtico. El vasito baila cadencioso entre un par de dedos que se preguntan acerca de su papel en esta historia. Y no saben qué hacer. Pero mientras tanto, ante la duda, deciden seguir sosteniendo ese vasito en el aire. Porque también sucede que el vasito les da un brillo muy especial. Los coloca en el centro de una escena que si no, no les estaría destinado. Y brillan como un reflector en medio del cuarto oscuro del teatro, ése en donde se desarrolla la tragedia de una mujer muriendo corroída por un cáncer terminal.
Él logró superar la mirada ácida verdinegra de la mujer y pudo articular un par de frases en las que sólo llegó a dar datos básicos. Su nombre, profesión y futuro laboral. No se achicó y entre un par de tartamudeos enunció algunas frases en las que le revelaba su entusiasmo por la obra, que lo había impactado muy profundamente, que le había abierto algunos abismos, creía él, del alma femenina y de su sufrimiento en un mundo que la condenaba a la castración y al abandono. Creía ver él también que la ausencia de un principio complementario, podría decirse del animus, le hacía sospechar que la lectura podría dispararse en dirección a una interpretación aún más general. Opinaba que se estaba hablando de toda ausencia, de la falta de un principio último, del abandono del ser humano frente al Otro, de nuevo, al Otro con mayúsculas. Él esperaba, si a ella no le molestaba, citar su obra como ejemplo en un estudio que estaba preparando sobre las últimas tendencias en teatro, que iba a presentar como trabajo de licenciatura. Por eso se había tomado el atrevimiento de acercarse a ella, porque la había reconocido, y tenía interés en intercambiar algunos conceptos y, de ser posible, y si no ponía inconvenientes, las direcciones de e-mail para poder comunicarse en caso de que él necesitara ampliar datos o corroborar sus avances. No la molestaba más y se despedía muy agradecido de la atención. Ella tomó un sorbo muy pequeño de grapa y luego se mordió el labio mientras dejaba caer el líquido hacia adentro, hacia las papilas. Casi lo masticaba porque sabía que el goce era breve, tan breve como el vasito y como la paz. Veía reflejarse en el vidrio de los amplios ventanales el interior del bar iluminado con una luz azulada y fría. Veía el borde redondeado de la barra. Los banquitos metálicos con el asiento de cuero. Al fondo, la sinfonía de botellas que enviaban reflejos en todas las direcciones. Veía a otras personas que como sombras estaban perdidas entre las mesas. Casi no le llegaban los ruidos. Estaba todo extrañamente rumoroso esa nochecita. Lo que no veía era al tipo que se le había sentado por unos minutos y le había hablado con algunas frases muy tímidas pero amables. Que había querido halagarla un poco. Tal vez sintiendo una cierta semejanza de destino, un presente común. Había hablado de una licenciatura. Estudiaría letras entonces. Pobre infeliz, pensó. Todavía queda gente así. A buen puerto había ido por leña. Habló de ausencia, en tanto que carencia que era adjudicable a todo el género humano. La falta de un dios o algo así. Habló de la falta y la soledad. Ella no había querido decir tanto. Nunca hubiera deseado incluir a esos seres detestables en su propia angustia. Que se busquen otro barco. Los dedos se crisparon como una araña alrededor del vasito con la misma fuerza que seguramente utilizó Julieta al decidir su muerte. Y la mano bajó con fuerza hasta la superficie de acero de la barra sobre la que apoyó el vaso sin contenido. Los labios chasquearon y se fruncieron cuando la grapa llegó a su destino. La mujer saltó del banquito, miró al mozo, sonrió, metió la mano en el bolsillo de su pantalón y le pagó. El mozo guardó el dinero en el bolsillo de su delantal blanco, sonrió a su vez y levantó la mano para despedirse. Ella salió atravesando la puerta de vidrio sobre la que se chocaban las luces, para confundirse con la noche.
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