Concursos Interamericanos de Cuento y Poesía 2008
Ganadoras 2008
Mención
Concurso Interamericano de Cuento Espacio Avon 2008
Slech Hummer pisó la alfombra roja
Analía Debernardi
La mesa de mi casa era de algarrobo, con un olor dulce, a Blem y a ciruelas amarillas. Nos gustaba estar debajo de la mesa durante horas con Tobi. Era nuestro escondite en Buenos Aires. Lástima que Tobi no hablara. Se sentaba con su vincha de indio y miraba con ojos que miraban lejos. Yo lo iba a visitar, le mostraba mi cuaderno, le contaba qué chicos me gustaban. A veces, desde el fondo de sus ojos, parecía que algo iba a moverse. Tobi pasaba todo el día debajo de la mesa. Le llevábamos masitas, pero dejaba el plato intacto.
Mamá seguía en la cama. En esa cama blanca de organdí que la abuela almidonaba. No se levantaba nunca, solamente movía las pestañas, como una mariposa frágil. Ya era marzo, ya caían las horas, amarillas, de los árboles. En los Estados Unidos preparaban la alfombra roja de los Oscars. A los yanquis no hay que quererlos, me dijo una compañera. El papá era sociólogo y le había dicho: “no hay que ser anglófilos”. En mi casa queremos a los yanquis, dije como escupiendo, la abuela y yo los queremos.
Lala no era una abuela como las demás. Por las tardes, con su pelo de peluquería, escuchábamos Frank Sinatra. Ella cantaba frente al espejo: “I have got you under my skin”, bailaba, con su camisón de tigre. Esto es fox trot, Nani, me decía. Como el paso de los zorros, saltitos. Lala nunca le decía la edad al cardiólogo y escondía sus camisones cortos y escotados. Solamente a mí, cuando estábamos solas, me dejaba usarlos. Me hablaba de la alfombra roja, de Marlon Brando, que engordaba en cada película. Por la tarde leíamos las revistas. Ella contaba quién era el novio de quién, yo elegía las pastillas. Parecían botones brillantes en un frasco. Lala las tomaba con Té Twingings y budín de limón. Desde el pasillo se veían las zapatillas de Tobi asomar bajo la mesa. Después ella recitaba su lista de los mejores besadores. Siempre eran los mismos: Alain Delon y Robert Redford.
A veces mirábamos la tele con Lala, sobre todo desde que Tobi está debajo de la mesa. Antes no era así, antes hablaba y jugábamos juntos. Y después, por la tarde, mirábamos Martillo Hummer. Tobi estaba enamorado de la teniente Duró y yo de Slech. Pero desde que mamá perdió al bebé y está en reposo y papá no vuelve del viaje, Tobi no habló más y se metió bajo la mesa. A veces Paula, la psicopedagoga, llamaba desde el jardín y hablaba con la abuela. Yo las escuchaba. Decían algo de la madre ausente y de la pérdida. Hablaban de Tobi como si fuera un mandril del zoológico. No lo soportaba. A Tobi le gustaba la mesa y punto. Ellas no habían sentido el olor del Blem. Lala lo sacaba a la fuerza para bañarlo y acostarlo, pero él siempre volvía. Un día vino Paula a casa y se quedó toda la tarde sentada junto a Tobi.
El día que le llevé el alfajor Suchard me abrazó. Mamá también era como mi hermano, en vez de la mesa elegía la cama, pero tampoco hablaba. Dormía. Papá llamaba por teléfono de madrugada, decía que comía salchichas con cerveza. Que en Alemania me había comprado un vestido como el de Heidi. Me imaginé como en la Novicia Rebelde, cantaba a los gritos “climb every mountain” por las montañas, descalza, me seguían miles de ovejas y Tobi, que también cantaba.
Pero ese día eran los Oscars. Sobre la alfombra roja pasaban las estrellas, una por una. Yo me había puesto mi vestido nuevo, verde. Lala me había cambiado y perfumado. Ella había ido a la peluquería. Yo me había dejado el pelo suelto. Tomábamos té Twingings helado, nos sentíamos, nosotras también, estrellas.
De pronto lo ví. “¡Slech Hummer!” dije, mientras miraba la pantalla. Él sonreía junto a una morocha. Tenía un traje gris. Debo de haber gritado fuerte, porque Tobi apareció en el living. Me miró. Dijo: “¿Y la teniente Duró?”.
Se quedó ahí parado, en alpargatas. Era la primera vez que hablaba. Nosotras no sabíamos qué hacer. Creo que Lala no hablaba por miedo a que volviera de nuevo debajo de la mesa. Chist, ya viene, disimulé. Le hicimos lugar en el sillón.
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