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Concurso Interamericano de Cuento Espacio Avon 2008

¿Qué pasó con el sillón de la bisabuela Marta?
Paula María Roggero

Martita había guardado el secreto por años, y no planeaba contarlo, pero la cosa se había complicado.
Habría una reunión familiar. No se reunían desde hacía mucho tiempo. Algunos ni se conocían. Habían venido todos los parientes de la rama materna, que eran un montón. Muchos vivían en Bahía Blanca, algunos en Italia, otros en Núñez y el resto más cerca de la casa de Martita, en Almagro.
Ella no había querido que fuera en su casa, pero habían decidido que fuera allí, porque ahí estaba el sillón de la bisabuela Marta.
El problema era muy grande, porque nadie más que Martita sabía lo que había pasado con el sillón. Ahora tendría que pensar una buena excusa por no tenerlo. Todos vendrían a verlo y a sacarle fotos, pero nadie se podía sentar en él. Esa determinación la había tomado la abuela Marta, después de que su madre había fallecido mientras las dos dormían una siesta en el sofá.
La historia era terrible, porque, aunque no se sabía con seguridad, se comentaba que la abuela Marta la había asfixiado con un brazo que tenía apoyado en la cara de su madre cuando despertó y la encontró sin respirar.
El sillón había quedado ahí, en la misma casa de Almagro donde luego nacería la madre de Martita, también llamada Marta, y más tarde, Martita.
Martita seguía soltera a sus 40 años, y vivía sola en ese caserón. Su padre había desaparecido cuando ella tenía 2 años y su madre vivía en un manicomio.
No era fácil inventar una excusa, ya que el sillón era intocable. No podía decir que lo había mandado a tapizar o a limpiar, porque no estaba permitido. El sillón debía permanecer por siempre sin que nadie lo tocara, ni limpiara, ni cambiara de lugar.
Y todos preguntarían por él apenas llegaran; sería imposible evitarlo.

A medida que fueron llegando, cada uno a su turno, preguntó por el sillón. Ella les dijo que esperaran a estar todos para poder explicarles.
Finalmente estuvieron todos sentados a la mesa, y Martita les sirvió unas empanadas.
Ana preguntó si no habían pedido de verdura, a lo que Juan contestó que a nadie le gustaban. Y Pedro le dijo a Juan que se tranquilizara con las de humita, ya que había algunos que todavía no habían comido la primera y él ya iba por la tercera. Juan le preguntó si no tenía nada mejor que hacer que contar las empanadas que comía. Susana mordía las empanadas directamente, antes de averiguar el gusto, lo que enfurecía a todos. Había como una docena de roquefort, que nadie había tocado, y varios opinaron que Martita no era buena para encargar empanadas.
Entonces alguien volvió a preguntar por el sillón y Martita tomó la palabra:
“Tengo que confesarles algo que me pasó con el sillón. Les pido que me escuchen sin interrumpir. La historia es así: Cuando internaron a mamá en el loquero empecé a fumar. Ya fumaba desde antes, pero no en casa. Un día, estaba fumando en el living mientras miraba una película, cuando sonó el teléfono. Me paré para ir a atender a la cocina y dejé el cigarrillo en un cenicero que estaba en la mesa al lado del sillón de la bisabuela. En realidad, como no tenía ceniceros, usaba uno de esos platitos para apoyar los saquitos de té. Y bueno, parece que el cigarrillo se fue resbalando y rodó por la mesa hasta caer en el sillón. El llamado era de papá, del que no había tenido noticias desde su abandono, así que me quedé largo rato hablando con él. De pronto empezó a entrar humo en la cocina, y entonces le dije a papá que me esperara mientras iba a ver qué pasaba. El sillón estaba en llamas. Corrí a buscar agua, pero era muy difícil apagarlo tirando de a vasitos y no encontraba un balde ni nada más grande. Le fui a pedir a papá que viniera a ayudarme, pero la comunicación se había cortado. Perdí el contacto con él y eso me dejó muy triste. Logré apagar el fuego finalmente, pero no quedó nada del sillón. Fin de la historia, espero que no me maten, no fue mi intención”.
Todos se quedaron pasmados. Sólo Juan seguía preguntando si quedaba alguna de carne. Es que él era de los más chicos y no tenía tan arraigada la tradición del sillón.
Manuel preguntó: “¿Y no quedó nada, absolutamente nada, del sillón?”.
“Nada, cenizas, escombros… Los tiré, ¿pretendían que los guardara?”.
Inés se largó a llorar y Susana, la mayor, se paró para hablar, ya que alguien tenía que tomar alguna medida.
“Martita, no supiste conservar el único recuerdo de la bisabuela Marta. Además, deberías haber avisado de esto cuando sucedió. ¿Cómo es que nadie se enteró antes? ¿Nadie te vino a visitar en todo este tiempo?”.
“Nadie. Bueno, Pedro una vez casi me visita, pero al final no apareció”.
Pedro se disculpó: “Tuve un contratiempo”.
Inés y Manuel fueron a la cocina a buscar más empanadas. Martita, que estaba lagrimeando por los reproches, se dirigió al baño para lavarse la cara. De camino, pudo escuchar que Inés le decía a Manuel: “¿No ves que es una boluda? Le tendríamos que haber mandado a alguien para cuidarlo. ¿Ahí estaba toda la plata?”.
“Toda. Ya está, se quemó. Es para matarla. Eso nos pasa por esperar tanto”.
“Vamos a tener que hacer algo, esta inconsciente nos dejó sin la guita. Ay, Dios, creo que me voy a desmayar… ¡¿Tan difícil era cuidar un simple sillón?! ¡Qué idiota!”.
Susana entró a la cocina y les dijo que bajaran la voz. No todos sabían lo del dinero, así que ahora no tenía sentido que se enteraran, y menos Martita.
“Vamos al comedor, que tomé una determinación”.
Martita se lavó la cara y volvió al comedor. Todos la esperaban en silencio y Susana dictó su sentencia:
“Como decía… No fuiste responsable ni le guardaste el respeto que merecía la bisabuela. Así que oficialmente quedás fuera de la familia. Nadie tiene permitido visitarte ni llamarte, ni mucho menos prestarte ayuda económica. No merecés llevar el nombre Marta”.
Juan y Ana protestaron, les parecía muy duro el castigo. Además, era casi innecesario, ya que nadie la visitaba ni llamaba nunca. Pero Susana había sido firme y no se la podía contradecir.
Todos se pararon y nadie levantó ni un miserable plato.
Se fueron despidiendo uno por uno y finalmente Martita quedó sola. Corrió a su cuarto, buscó debajo de su cama la caja con el dinero y decidió tomarse unas vacaciones.

El Perro


 

 

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