Concursos Interamericanos de Cuento y Poesía 2008
Ganadoras 2008
Mención
Concurso Interamericano de Cuento Espacio Avon 2008
El espejo
Alicia Marra
“..... no estamos frente a una representación, sino ante una
presentación contundente, como cuando uno se enfrenta a un espejo.”
L. F. Noé
Había sido la luna del primer ropero que tuvieron los viejos. Después, desprendido de su ubicación original, pasó años en su habitación. A mamá le gustaba que una pudiera verse de cuerpo entero. Lo quería y lo defendió siempre de los habituales ataques regaleros de papá que lo llevaban a dar cosas porque alguien podía necesitarlas, no porque a él le sobraran. Finalmente quedó arrumbado entre los trastos y las cosas maravillosas de la pieza del fondo.
Un día mamá llamó a un vidriero, hizo cortar el espejo por la mitad y enmarcar cada parte. El espejo grande se había convertido en dos espejos iguales, exactamente iguales. Y entonces mamá le regaló uno a mi hermana y el otro a mi. Yo me enojé porque el marco era muy afrancesado para mi gusto, pero más porque se acercaba mucho al gusto de Ana. De todos modos, al igual que ella, durante toda la vida llevé conmigo mi porción de espejo. Y también la pregunta ¿por qué mamá nos regaló dos espejos iguales a dos personas tan distintas?
El espejo de Ana es el que tengo enfrente ahora, en su casa, mientras trato de ordenar sus cosas. Porque mi hermana está muerta. El 22 de febrero, un sábado al mediodía, me llamó mi prima para avisarme. Que la policía me quería dar las llaves del departamento, a quién le entregaban el cuerpo, qué si el perro se lo llevaba la perrera o si yo me hacía cargo.
No, dije, que no se lo lleven, yo me hago cargo.
No era la voz de mi mamá diciendo que me ocupara cuando mi hermana se infartó. No era la voz de mi hijo Sergio pidiéndome lo mismo cuando Ana tuvo un accidente de tránsito. Al principio me costó reconocerla porque no la escucho muy seguido, pero era mi propia voz la que me decía que yo era la única que podía hacerse cargo. La última que quedaba de esa familia, la que tenía que hacerse cargo de todo, inclusive del espejo.
La Morgue está detrás de la Facultad de Ciencias Económicas. Es como una entrada de garage muy larga, abierta, rodeada de plantas. Pero con ese olor característico. Hay que esperar en el fondo. Entonces aparece un hombre gris que hace la pregunta absurda: si en ese cuerpo helado metido en un cajón podés reconocer a tu hermana.
El perro al que yo detestaba y que durante tanto tiempo me devolvió prolijamente ese odio, parece ser el primero en entender lo que pasa. Ahora soy yo la que le trae la comida y lo saca a dar una vuelta y después se pone a revisar las cosas de Ana sin saber que hacer con todo eso. Me mira. No está preguntando. Creo que es el único que entiende que hago lo que puedo.
Los papeles y las cosas que mi hermana acumuló por años, todos mezclados, tickets borrosos de compras hechas con moneda ya fuera de circulación, anotaciones con sentido solamente para quien las escribió, juguetes de mis hijos, papeles de regalo, cartas. Las cartas de los parientes, todas parejitas, deseando que nos encontráramos bien de salud, y quedando por ahí del mismo modo, todos pidiendo disculpas por la letra. Los papeles, las fotos, las cosas por las que nos peleamos siempre. Nos gastamos la vida en esas peleas, sin darnos tiempo para saber si nos queríamos.
Tarjetas de saludos de fin de año para Sergio y para mi, escritas por mi hermana, guardadas en sus correspondientes sobres y nunca enviadas. No muy diferente de la caja que pinté para ella, y nunca le di. Una gazania. Ana no sabía nada de plantas, pero a mamá le encantaba esa flor.
De pronto aparecen. Son como recortes, pedacitos nítidos de una película de hace 40 años, las caras, los gestos, las voces. ¡Vaya una a saber cómo era la película! Lo que recuerdo son pequeñas escenas, casi triviales: mi hermana buscando una revista que yo había escondido, mi papá recordando la delantera internacional de Independiente, el olor de la torta con levadura y los mates de leche, el radioteatro Palmolive del Aire.
Escucho las voces, la de mamá tan clara. Fragmentos de conversaciones de la que alguna vez participé. Ana que decía refiriéndose a mi: “ella es linda” y mamá respondiéndole: “Si, pero vos sos buena”. Un resto de una conversación más grande que quizás le daba otro sentido. Pero yo me quedé con ese resto, y me persiguió durante toda la vida.
Son como puntas que asoman de una mezcla de sonidos y cosas. Los veo moviéndose por la casa del Pasaje, veo a las perras, la Chispa sentada al lado de papá y la Diana con ojos de vaca mirando pasar el tren, aguantándose las ganas de sacarle el lugar de privilegio junto al viejo. ¿Se habrá dado cuenta alguna vez la Diana que la favorita era ella?
Sí, a veces los veo. Nos veo. Las noches en la vereda, cuando la calle era de tierra. El Pasaje Emilio Becher ya había dejado de ser el Pasaje Sin Nombre de la época en que mataron al Pibe Cabeza, pero Mataderos era todavía un barrio suburbano.
Nos veo. Una noche de invierno, mi mamá, mi hermana y yo, volviendo a casa a pie, nada más que para cruzar el puente de piedra de Lacarra, que junto con la estación de Lugano eran los dos lujos ingleses del barrio. Habíamos ido a pagar la cuota del piano de Ana, cerca de la plazoleta Armenia. La plazoleta era en realidad un baldío circular, ni un solo árbol, pura gramilla.
Con el tiempo perdimos la plazoleta Armenia, que se convirtió en la terminal del Subte y del Premetro. Y perdimos los hermosos arcos de medio punto del puente de Lacarra, porque ahora por ahí pasa la autopista. Seguramente lo demolieron y devino en cascotes, aunque a veces me imagino que hicieron un espectacular traslado y terminó adornando el campo de algún milico, como los farolitos de las plazas de Buenos Aires.
El tiempo también se encargó de emparejar todo: dejamos de ser totalmente buena la una y totalmente linda la otra. Entramos en una zona de medios tonos donde las dos, igualmente, éramos más o menos feas, más o menos buenas, más o menos malas. Pero eso ahora tampoco importa mucho. Es que no se qué hacer con los papeles, ni con los zapatitos de badana de mi muñeca, de la Linda Miranda, ni con el perro, ni con las fotos de tu novio, ni con la imagen que ahora me devuelve el espejo, mi propia imagen, que es también la imagen de mi hermana.
No quiero estar acá decidiendo qué hacer con todo esto. ¿Por qué carajo te tenías que morir? Creo qué lo único que me importa ahora es que nunca supe si mi hermana se acordaba del puente de piedra de Lacarra.
|