Concursos Interamericanos de Cuento y Poesía 2008
Ganadoras 2008
Primer Premio
Concurso Interamericano de Cuento Espacio Avon 2008
El señor Martín
Francisca Pandolfo
Tengo que hacer muchas cosas en la casa pero el señor Martín insiste en que vaya al jardín. Hace dos años que trabajo para él, lo que es a mí me trata muy bien pero es un poco raro el señor. Anda mucho tiempo solo o de una obra a otra. Una vez me llevó a ver una casa que estaba construyendo acá cerquita, me dijo que quería mi opinión. A mí todo lo que hace me parece enorme y hermoso, si él conociera mi casa. Una vez quiso llevarme pero no lo dejé. Seguro que si la conoce se propone construirme una nueva, ya me imagino la cara de Raúl, echando humo por las orejas y gritando “esta casa la construí yo, maricón de mierda, acá nacieron nuestros hijos ¿quien te creés que sos? Ya bastante me banco tus pinturitas.” El señor Martín me regaló muchos de sus cuadros, algunos están en el garage porque tanta pared no tengo.
Voy hacia el jardín y ahí esta, junto a la pileta con su vaso de vodka, pintando, la camisa toda manchada. Estoy cansada de decirle que no use todas las camisas para pintar, pero él es así, caprichoso. Desde la casa y a un volumen muy alto suena una música que no me gusta, música clásica, dice él. Yo me pongo unos algodones en los oídos para no escucharla, esa música me altera o sino ando con el walkman de mi hija escuchando a Sandro.
¿Qué necesita señor Martín? le pregunto una vez junto a él.
¿Qué te parece Marta? No me convence mucho, este amarillo de acá....
Pero si está precioso señor, le digo con la intención de volver a la cocina y terminar la cena
No, Marta, no. Mirá bien. Sentate en esa silla
Y me tengo que sentar porque el señor manda, además es tan bueno. Yo no sé por qué no le duran las novias, a veces trae cada mujer que me pregunto de dónde las saca. Él es petiso pero buen mozo.
Tomá Marta, me dice extendiendo un vaso de vodka con hielo.
No señor, gracias. Estoy trabajando…
Un poquito Marta, no te hace nada, dice él alcanzándome el vaso
Bueno, un poquito nomás. Agarro el vaso antes de que él lo deje caer
Y ahí me quedo mirando cómo pinta el señor, imaginándome el canto de los pájaros al atardecer tomando mi vodka.
El señor camina de un lado a otro, se detiene, mira. Yo no sé qué busca en ese cuadro. Por suerte la bebida está suave y rica, no como esos fuegos rasposos que me da mi marido los domingos a la noche. “Tomate una copita negra, me dice, que esto te pone mimosa”, lo único que quiere es llevarme al catre y yo no tengo ganas de nada. El señor se para a mi lado y vuelve a preguntarme qué me parece, mientras me apoya una mano en el hombro. Me siento incómoda y me doy cuenta que tendría que haber soltado el vaso, eso hubiera sido inteligente ¿Por qué soy tan lenta? Ahora mismo podría estar en la cocina terminando la cena y sin embargo sigo acá y ahora son las dos manos las que siento sobre mis hombros. El señor está atrás mío. Suerte que huele tan rico. Vuelve a pedirme que le dé mi opinión. No sé qué decirle, tengo ganas de pedirle otro vodka.
Para mí está muy lindo, le digo
¿Pero te llega? Me pregunta, no sé que contestarle. Me quedo muda
¿Al verlo, podés sentir lo que yo estoy sintiendo? Insiste, y yo lo único que siento son sus manos en mis hombros. Así que suelto el vaso, él hace una pausa y vuelve a preguntarme
¿Te llega, Marta? pone su cara cerca de la mía, esto se está pasando de la raya, pienso y me aparto un poco.
No sé si es el vodka pero el amarillo lo veo borroso. Me froto las manos para sentir algo real, pareciera que todo está flotando en líquido, la cara del señor también la veo borrosa. Al frotarme las manos siento el olor a lavandina y la piel rugosa como el trapo rejilla. En cambio él deja las manos apoyadas sobre mis hombros y parecen muy suaves. Me mira y lleva una mano a mi pera. Me mira como buscando algo y yo siento como un fuego que me sube a la cara.
El sol se está escondiendo atrás del árbol del fondo y el vecino sale a su jardín a cortar el pasto. El señor me saca la mano de la cara y siento el olor de su perfume, es un frasco marrón que está en el baño, y yo siempre lo huelo. El vecino me mira a través de la enredadera, me muero de la vergüenza pero las manos del señor quedan firmes en mi espalda mientras el sol se pone rojo y el laurel del jardín tiene más perfume que nunca.
Siento que tengo que volver a mi casa, los chicos se van de campamento y tengo que preparar milanesas, pero el señor me sigue mirando con esos ojos celestes y de pronto lo veo muy buen mozo, escucho que me dice
Tómese otro vasito Marta Y ya no soy la mucama, soy una princesa
Sabe una cosa, le digo, ese cuadro es una porquería. Por qué no pinta como antes.
Marta, nos vamos entendiendo, dice el señor y me da un beso en un lugar que no es la mejilla pero tampoco la boca
¿Sabe una cosa Marta? La voy a pintar a usted
Los pájaros gritan como locos y el vecino guarda la cortadora de césped
Me doy vuelta y lo miro a los ojos
Pero cómo me va a pintar a mí...
Sí, la voy a pintar a usted debajo de aquel palo borracho, adoro esos árboles. Vamos Marta, me dice, agarrando un cuadro sin usar y sus pinturas. Traiga la botella y los vasos
El señor camina unos pasos adelante mío, no mira hacia atrás. Me paso la mano por la cabeza para aplastar mi pelo erizado, me miro el delantal (está limpio) Llego a donde está el señor, él vuelve a buscar la mesita plegable y en un segundo vuelve a estar al lado mío.
La botella Marta, le paso la botella y él vuelve a servir para los dos.
Estoy nerviosa, no puedo sacarme la idea de sus manos en mis hombros y él parece estar pensando en otra cosa. Me da vergüenza que me vea así frente a él, quieta. Se va a dar cuenta que no soy más que la mucama. También pienso en los chicos y el lío que deben estar haciendo en casa, esperando a que llegue para preparar los bolsos. Me llevo el vaso a la boca y lo vacío de un solo sorbo.
Bueno Marta, vamos a empezar. Sentada y apoyada sobre el tronco del árbol ¿Le parece?
Me agarro la pollera y me siento en el piso, estiro las piernas hacia el frente, vuelvo a pasarme la mano por el pelo. Siento la brisa del atardecer en mi cara, sonrío
- Así, Marta, me gusta con los ojos entrecerrados y esa sonrisa pero sentada no va, me dice mientras me alcanza el vaso que volvió a llenar. Mientras llevo el vaso a mi boca él me saca el broche del pelo, se para enfrente mío y dice
Así esta mejor. Bueno, Marta, ayúdeme. ¿Cómo le gustaría ser retratada? Esta pintura es para usted, dice mientras camina hacia el cuadro. Me recuesto sobre el tronco en diagonal al señor y mecánicamente desabrocho los primero botones de mi uniforme. El señor me mira y prepara los colores en su paleta. Me agacho para levantar una flor del pasto, una flor rosada, me la llevo a la nariz para oler su perfume, no tiene rico perfume pero es hermosa. Tiene razón el señor respecto de este árbol. Vuelvo acomodar la espalda sobre el tronco. El señor está sonriente. Mis pechos se asoman apenas por el escote, los siento tensos. El señor comienza a acercarse, el corazón comienza a latirme fuerte, me da vergüenza que me vea así, tan nerviosa y los pechos endurecidos bajo mi uniforme. Se acerca y me dice al oído
Marta, está hermosa
Siento que las piernas me tiemblan, el señor se arrodilla sobre el pasto y mete su cabeza bajo mi uniforme. Él con sus manos firmes trata de contener el temblor de mi cuerpo, me baja la bombacha y hunde su lengua en mi sexo. Cierro los ojos y por un segundo me veo hermosa, sentada a la mesa del comedor mientras el señor me sirve una copa de vino, mis hijos también están en esa mesa. Recuerdo cuando el señor nos llevó a todos al Parque de la Costa. Mi cuerpo se agita sin que pueda detener su movimiento, con los dos brazos me agarro al tronco del árbol y con la cara hacia el cielo vuelvo a sentir la brisa y pienso que lo único que me sostiene erguida es la boca del señor. |